No soy supersticioso,
la magia y los sucesos paranormales
quedan por debajo de mi elevada educación.
Vivo en una época sin milagros,
y donde persiste el misterio,
pronto llega la bota inmisericorde de la razón
para aplastar lo que antes fue
inspiración para los poetas,
motivo para los filósofos
y epifanía para los santos.
Confío en los avances de la ciencia,
en los cálculos de los expertos
y en la erudición de los sabios.
Confío en el pronóstico del tiempo,
en las explicaciones de los técnicos
y en la verdad absoluta de los números.
Atrás quedaron los ídolos,
los dioses,
y los amuletos.
No hay en mí duda alguna,
pero, por si acaso, cuando camino por la calle
me aseguro de no pisar las líneas
entre los bloques de concreto de la banqueta.
Cuando cruzo un sitio de construcción,
evito pasar por debajo de alguna escalera
que insinúe un mortal triángulo escaleno,
y rezo para que en mi camino no se atraviese
ningun gato fatalmente negro.
Creo que, la mayoría de las veces,
la fortuna me concede su inmerecido favor,
y cuando tengo malas rachas, siempre duran poco.
No soy supersticioso;
deseo el bien a todos cuantos me rodean,
aunque sea más por miedo a que se me regrese
un pensamiento travieso
que porque sea yo muy bueno.
Fotografía por Zhao Rong Tan

