¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Siempre me cuesta responder este tipo de preguntas porque mi relación con la fotografía es algo así como una mirada paralela permanente: intento llevar alguna cámara conmigo para registrar mis recorridos, los tiempos en los que me muevo, los colores de lo cotidiano y los gestos de lo ordinario que me llaman la atención. A eso se suma el “descubrimiento” de cómo todo se expresa de forma impredecible en películas vencidas.
A veces me obsesiono con ciertos temas —por ejemplo, pensiones de Montevideo o bares de mala muerte— y mi mirada se afina en esa dirección, pero sin una determinación previa de “producción”, sino más bien como una forma de transitar los lugares. En este último tiempo, mi lugar más permanente es Montevideo, donde vivo.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
El aprendizaje y el desaprendizaje en la fotografía creo que son permanentes. Tener una cámara siempre a mano para mí es una forma de reestructurar la mirada, de buscar alternativas a lo que veo. Y lo analógico me obliga a dejar de lado la urgencia y a aceptar el error, la espera y el no control. Todos ejercicios necesarios, al menos para mi configuración personal.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Repetición, rutina y melancolía son ideas que suelo romantizar un poco y que siempre rondan mi cabeza cuando miro. Últimamente —supongo que porque el mundo empuja un poco en esa dirección— también la decadencia y el apocalipsis están más presentes.

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Soy fanática de las películas desde que tengo memoria y creo que han sido la principal escuela de mi mirada. Seguramente mi registro visual sea el producto de una mezcla bastante rara de una infancia y adolescencia pasadas frente al televisor —mirando películas en el cable, en canales como I-Sat o TCM, a los que les debo mi educación visual—, que hace que mis caminatas entre la mugre y la decadencia del cemento se vuelvan un poco mágicas y me den ganas de capturarlas.

¿Qué fue lo más difícil que has enfrentado últimamente en tu proceso creativo?
La idea de “trabajo” o de “proceso” siempre me resulta conflictiva. Aprendí fotografía como hobby, acompañando a mi padre, que es fotógrafo autodidacta y apasionado; es decir, no tengo formación artística per se. Quizás por eso me cuesta pensar en mis fotos y en mis métodos como procesos creativos o como obra. Lejos de paralizarme, ese conflicto dinamiza mi relación con la fotografía y con mis prácticas creativas en general, y me mantiene en movimiento.

¿Cuál es tu restaurante favorito y qué nos recomiendas pedir?
Esto puede sonar raro, pero hay un restaurante en mi barrio que se llama El Fogón: un lugar súper clásico, de señores, con manteles blancos y mozos con chaleco y bigote. Obviamente la especialidad es la carne, porque es la especialidad de Uruguay, y su parrilla será de provecho para quienes la incluyan en su dieta. Aun así, lo que quiero recomendar es el puré de papas. Es perfecto.

Si este mes tu vida fuera una película, ¿qué título tendría y quién haría el soundtrack?
Enero fue mi mes de licencia: una odisea doméstica, monástica, lenta y placentera, casi como una película de Béla Tarr en blanco y negro (quizás un pequeño homenaje). Podría titularse 31 o algo igual de poco discursivo, con un soundtrack que incluya a Black Sabbath, solo por darme un gusto, aunque no creo que Tarr estuviera de acuerdo con eso último.

Recomiéndanos uno o más artistas que sigas, que te inspiren, y dinos qué es lo que más te gusta de su trabajo o de su forma de trabajar.
Kubrick y Tarkovski son referentes a los que siempre vale la pena volver; recomendaría sin dudar ver una vez al año 2001: A Space Odyssey o Stalker. El ejercicio poético que proponen este tipo de artistas me empuja a mirar el mundo y a mí misma con ojos distintos; es un tipo de ejercicio espiritual que me resulta profundamente inspirador, incluso cuando nos conmueve de formas duras de procesar. En esa línea, aprovecho para hacer una recomendación actual y polémica. Me gustó mucho la nominada al Oscar, Sirat (Laxe, 2025), incluso a pesar de las críticas que recibió su director, o quizás justamente por la polémica que generó su mirada. Más allá de que nos guste o no, la experiencia de ver la película captura ese ejercicio de conmoción poética que me interesa y que es precisamente lo que les recomiendo.

Docente de filosofía y fotógrafa autodidacta. Mi práctica se desarrolla como una forma de recorrer lo cotidiano, en la búsqueda de reorganizar mi experiencia sensible.
