I will be your light

Escuché por primera vez a Massy Star en casa de Hanna. En su cuarto, sobre su cama para ser exactos. Ella sacó una caja de vinilo de su mueble de discos. Compartía la habitación con su hermano mayor que nosotros, por 36 meses. Nosotros teníamos diecisiete años, nos gustaba pasar las tardes juntos en el parque de skates, fumar y escuchar música en su walkman. También nos gustaba fantasear con matar a nuestros maestros, en especial al de inglés. – Es un bastardo- siempre concluimos al unísono.  Aquella tarde Hanna me invitó a su casa, me comentó que su hermano había comprado un nuevo disco y que era hermoso, que teníamos que escucharlo juntos. Hanna y yo no eramos una pareja ortodoxa. Daríamos la vida el uno por el otro, conocíamos toda nuestra ropa interior. Habíamos pasado fines de semana enteros tirados en el pasto de su patio trasero, bebiendo limonada o un poco de ron cuando sus padres salían. Ella tenía muchos pretendientes y estoy seguro que todos tenían la sensación de podrían estar con ella, aunque no era de nadie, mucho menos mía, aunque quisiera en el fondo.

Después de la clase de inglés tomamos la ruta a su casa y llegamos directo a su habitación. Puso la aguja, sonaron los primeros acordes. Miré el reverso de la caja para saber qué escuchábamos «Halah». Se sentó a mi lado y me miró sonriendo. En ese momento caí en cuenta que nunca antes había estado en su habitación, rodeado de sus libros y discos. Me tomó de la mano y nos besamos. Ella cerró los ojos, yo no. Esa tarde escuchamos todo el disco mientras nos besamos, intercambiando saliva y pequeñas mordidas. Para «By my Angel» nos habíamos desnudado por completo con el peligro de que alguien nos escuchará o abriera la puerta. Nunca pasó, nadie entró. Esa sería la única vez que estaría en su habitación, porque dos semanas después se mudaría a la punta del continente donde su mamá fue contratada para hacer un estudio de caso en una zona protegida por el ministerio de ecología. Hanna, su hermano Ives y su madre habían dejado la casa sola. Me enteré un día antes de que partieran, así que no puede hacer más, no tuve tiempo de lamentar nada. Nos despedimos con un beso en la mejilla mientras su mamá la apuraba. Se alejo en el auto y yo me quedé allí parado recordando el sabor de su piel, realmente me gustaba su olor y sabor, misterios de la química humana. En ese momento sabía que todo rastro de Hanna lo olvidaría, como uno olvida el sabor de una bebida o la sensación de nadar en el mar. Sin embargo, sabía que existía una pequeña cosa que me quedaba de ella: Massy Star.

Han pasado tres años desde que Hanna se fue. Mi nula capacidad de acercarme a chicas y mi alargado luto por su partida me imposibilitó de conocer a alguien más.

Una tarde después de clases, debía llevar un paquete que me encargó mi madre a uno de sus clientes afectos a la cerámica. Llegué al lugar y para mi sorpresa no era una casa como las otras, sino un negocio. Una tienda de discos y libros viejos. Entré y una campana sonó anunciando que un posible cliente o asaltante había llegado. Enseguida me recibió una chica de unos 25 años, alta de cabello negro hasta los hombros y ojos como avellanas y una sonrisa trista. Pregunté por el señor tal.

  • No está, mi papá casi ya no viene a la tienda pero dime en qué te ayudo
  • Mi madre me ha mandado a entregar esto

Mientras sacaba la pieza de la mochila envuelta en papel periódico. Entonces comprendo que es su hija.

-Es una pieza que el señor…digo, tu papá encargo

-¡Ah! es verdad, déjala aquí, ahora traigo tu pago

Dio la vuelta y desapareció por la puerta. Tardó unos minutos así que eche un vistazo por la tienda. Libros viejos de cocina, de tejer, algunos almanaques de 1975, una maquina de escribir con polvo, arañas en las esquinas de algunos estantes, y a la derecha, reluciente, el disco de Mazzy Star que había escuchado en casa de Hanna. Lo cogí de inmediato, lo mire por todos lados. Estaba muy bien cuidado, aún conservaba el plástico original que protegía a la caja. Miré las canciones con la intención de recordad la tarde en el cuarto de Hanna. Mientras sigo mirando, la empleada de la tienda interrumpe el momento. Por un segundo pensé en robarlo, pero al instante deseché la idea, sólo pregunte el precio.

-¿Cuánto por este?

-Dejame verlo, mmmm…son $450

Era demasiado para mi, no podía pagar eso ni juntando mis ahorros. Toda posibilidad de tenerlo se esfumó.

-Ok, ¡Gracias!

Lo dejé en su lugar, recogí el dinero y salí de la tienda molesto. Mientras caminaba de vuelta, pensé en las mil formas en las que podía hacerme del disco. -Tal vez si dejo de tomar camiones y camino de la casa a la escuela y viceversa- Algo se me tenía que ocurrir. O tener otro trabajo además de ayudar a mi madre. Le ayudo yendo a dejar sus paquetes de ceramica, ella no puede caminar grandes distancias y esta ciudad no está pensada más que para los autos, así que yo le ayudo dejando los paquetes a sus diversos clientes. No ganó mucho, me quedo las propinas, apenas para aportar algo a la casa y seguir estudiando, el resto lo puedo gastar en pequeños, muy pequeños placeres gastronómicos que ahora pasarían a segundo plano. Necesito ese disco.

Desde aquel día, me invadió un terrible miedo de alguien más se llevara el disco. Era como perder por segunda vez a Hanna y me resistía. Mi única forma de mitigar ese miedo era ir todos los días a la tienda y verificar que seguía allí. Me desviaba 2.3 kilometros de mi escuela a casa. Entraba saludaba a la empleada que siempre me miraba igual, caminaba por la tienda para disimular un poco y llegaba frente a él después de unos minutos de disimulo. El disco seguía igual como el día anterior. En ese momento tuve la mejor idea del mundo: escondería el disco detrás de los libros, así nadie podía verlo a la vista y sería mio en unos meses en lo que ahorro. Así que ese mismo día lo deje detrás de los viejos libros de cocina.Salí feliz de la tienda. Aquel día el regreso a casa, siempre a pie, no me pareció cansado, me pareció ligero y con un sol estival.

Nunca me pasó escribirle a Hanna a pesar de tener su dirección en su nuevo país. El correo postal tardaría semanas enteras en hacerle llegar mis cartas, y en que ella respondiera, si es que tuviera el interés en hacerlo, tardarían otras semanas y sabía que la incertidumbre de esperar, de no saber si había respondido, o si conoció a alguien más y la metiera en un problema, no podía ni siquiera pensar en ello, por eso jamás consideré la idea de escribirle. Por alguna razón, concebía más fácil la idea volvernos a ver.

Esta sería mi quinta semana yendo diariamente a la tienda. La chica que atiende sospecho que tiene intenciones raras, como querer robar la tienda o que estoy obsesionado con ella. Desviarme tantas calles de mi casa e ir a pie siempre, ha traído un cansancio infinito en mi, sumando las veces que no puedo dormir por pensar de más en tener ese disco. En verdad estoy cansado.

Decidí que hoy no iré a la tienda. Pienso en llegar directo a mi cama dormir dos días seguidos si es posible y así fue. Dormí durante siete horas seguidas.

Me despertó una sensación extraña, como de preocupación. Acaso es culpa la que siento, me pregunto. Sí, es culpa de no ir a ver si el disco seguí en su lugar.

A la mañana siguiente es sábado, antes de ir a dejar encargos de mi madre, prefiero pasar a la tienda y saber si sigue allí. Está cerrada aún. Espero sentado en la puerta hasta que la chica llega. Me mira con extrañeza, tal vez piensa que por fin compraré algo. Apenas, me saluda.

Entro enseguida detrás de ella, aún no prende todas las luces y yo ya estoy en el librero donde dejé el disco antier. ¡No está! Pienso que no he buscado bien o que lo dejé mal acomodado. Bajo todos los libros del estante y sigue sin salir. Entro en pánico. Me falta el aire, sudo, me mareo.

De pronto, la chica de la tienda se aparece y me dice que si puede ayudarme en algo

-Deje un disco aquí, atrás de los libros, ya no está

Ya no me importa que piense de mi. Ahora sabe la razón por la que venía cada día.

– Lo siento chico, ayer vino una persona, lo encontró y se lo llevo

-¿Quién era?

– Lo siento pero no puedo decirte eso

– ¿Era mujer?

-Tal vez

– ¿Cómo tal vez? No te estoy preguntando si era católica o musulmana, es obvio que reconoces a una mujer

– Oye tranquilo, sí era una mujer ¿Contento?

Se da la media vuelta y se va. A los pocos minutos regresa con el disco

-Toma, lo compré para ti, ya no tendrás que venir todos los días

Me quedo como idiota frente a ella, me siento avergonzado de haber sido tan grosero con ella

– Pero ¿Por qué lo compraste para mi?

-Hace tres años, mi novio Ives partió con su hermana y mamá a otro país. El avión se desplomó y no sobrevivió nadie. Recuerdo la primera vez que nos besamos, fuimos a su cuarto que compartía con su hermana, pusimos un disco de Beta Band y a la orilla de su cama nos besamos. Me dejó este disco con éste -mientras señala el disco que ahora tengo en mis manos- Ahora cada que escucho ese disco, pienso en él, como un regalo que me dejó para siempre. Sospecho que ese disco te recuerda a alguien muy especial, por eso venías diario a verlo, porque tal vez no venías a ver el disco, sino venías a ver a la persona.

– ¿Dices que el avión se desplomó? ¿Estás segura?

– Sí, salió en todos los periódicos de la zona. Fue una tragedia.

No supe qué más decir. No sabía si era buena idea hacerle saber que en el mismo avión viajaba Hanna, tal vez no, o sí, podríamos compartir el duelo. Mejor no.

-¿Quieres escuchar el disco que me dejó él? ¡Ven!

Me jala del brazo, me lleva a la parte trasera de su tienda, pone el vinilo, los acordes salen, nos sentamos en un viejo sillón, afuera comienza a nevar, prende un cigarro y me dice que no sabe a dónde van los muertos, pero que cada que pone el disco él está en el mismo lugar que ella. Yo la escucho con el disco abrazado pegado a mi pecho. Ruedan lagrimas desde nuestros ojos, de las bocinas sala un coro:

If there’s something inside that you want to say
Say it out loud it’ll be okay
I will be your light
I will be your light
I will be your light
I will be your light

I need love
I need love

Fotografía por Pierre Wayser