Me he vuelto un escéptico de todo lo que tiene que ver con el tema de la autoayuda. Todos estos conceptos raros, que ya son más comunes que raros, no van conmigo ni con la idea que tengo sobre cómo interpretar la forma de salir de los hoyos en los que uno cae o en los que, a veces, uno solo se mete.
No quiero sonar pesimista, pero eso de que “estar bien depende de uno mismo” no lo creo. Las circunstancias del día a día te llevan, en ocasiones, a querer meterte debajo de las sábanas y no salir hasta que la tormenta atraviese campo y dé paso a un mejor momento.
Y no, no creo que dependa, exclusivamente, de uno mismo estar bien o salir de esos hoyos. Porque, después de todo, estar bien depende, sí, de cómo percibimos nuestra propia realidad, pero también del otro, mucho del otro. Depende de la tibieza de un abrazo; de la mirada de tu pareja un domingo por la tarde; del sonido de la respiración de tu hija cuando por fin logra quedarse dormida entre tus brazos. Depende de que una de tus canciones favoritas suene, como por coincidencia, cuando el cable que conecta la música de tu celular con el estéreo del coche falla.
Depende de la sensación que te provoca leer el verso de un poema de Idea Vilariño que buscaste en internet porque escuchaste a alguien en un café hablar de él. Depende de que tu cantante favorito estrene un álbum en medio de un jueves al que nada interesante le habría sucedido. Depende de comprarte tu cerveza favorita después de un día jodido en el trabajo y de que, quien atiende la tienda, te invite otra porque le sobró una en la cuenta. Depende de saberte a salvo al llegar a casa y encontrarte con que tu perro ya quería verte.
Sí, también depende de los perros.
Depende de tanto, de tantos, de tantas; a veces de tan poco o con tan poco. Pero siempre, o casi siempre, uno tiene que ver con el otro. Por eso, humanos; por eso, la vida; para vivirla consigo mismo, para vivirla con el otro; para vivirla, incluso, a pesar del otro.
Fotografía por Emmanuel Solís

Escritor, psicólogo e imaginante mexicano dedicado a la educación. Con gusto por las letras, los cielos nublados, la música, mi gente, el café y el mezcal.
