No sé ya la cantidad de cosas que he escrito sobre ti, sobre mí o sobre nosotros, pero sé que sé que hay algo que hacemos excelente: ponernos pausas de años para luego oprimir el botón de “play” y continuar como si nada, como si todo.
Éramos apenas unos niños de doce, ¿te acuerdas? Han pasado ya veinte años y con ellos… ¿unas quince pausas? Pero el destino es, y eso no lo podemos evitar.
En esta pausa hay días en los que me vienen flashbacks a la cabeza sobre nuestro último “play”, de la noche en aquella boda. Me acuerdo de ti diciéndome que con el vestido que elegí podía pedirte lo que quisiera, pero no lo hice. Y tú tampoco hiciste mucho por retenerme. Esa noche fui tuya, léase e interprétese como sea.
Fuimos juntos a un evento público sin importarnos nada, como si nunca nos hubiésemos pausado, como si nunca nos hubiésemos dejado, como si nunca nos hubiésemos roto y ya, con los tragos encima, terminamos pasando la noche juntos, dejado la ropa tirada por donde pasábamos y yo, claro, durmiendo con una playera de tu universidad y un pantalón tuyo que me quedaba enorme.
Tu hermano nos encontró dormidos a la mañana siguiente; yo encima de tu almohada favorita y tú, abrazándome y jugueteando con mi cabello. Los tres nos atacamos de la risa y desayunamos juntos, en familia, como en los viejos tiempos.
Veinte años después y la gente aún nos recuerda juntos. A pesar de que me he casado, a pesar de que tú vives con alguien. ¿Hace cuanto ya? ¿Siete, ocho años? No miento cuando digo que aún en esta pausa que sé que será más larga nos hemos frecuentado. Aún respondes mis historias y yo sé que no debo responder a esos mensajes porque, quién sabe quién los pueda ver. Aún cuando estoy en aprietos, te llamo fingiendo que soy un cliente y me resuelves lo que sea que esté pasando en ese momento, para después, volver a fingirnos desconocidos.
No voy a tener la desfachatez de engañar a quien vive conmigo, pero sí la tengo al engañarme a mí cuando digo que ya no te pienso, o que ya no te siento. No fantaseo con cuentos de hadas y de volvernos a encontrar, pero sí que pienso a menudo qué fue lo que hicimos para siempre encontrarnos. Sí que pienso que la distancia que he puesto en múltiples ocasiones entre nosotros nos queda corta y, sobre todo, sí que pienso en cuál será la respuesta a “¿por qué siempre siempre decidimos volver?”.
Tóxicos no fuimos, nunca hubo gritos, faltas de respeto ni mucho menos violencia, pero no sé que tan sano sea el siempre volver a ti y tú a mí. Me carcome la duda de lo que fuimos, pues la gente también nos ve pausar y seguir y pausar y seguir y se unen a nosotros como si el tiempo jamás hubiera seguido su curso.
Me invaden por las noches pesadillas al pensar que, tal vez, esta no fue una pausa si no un final real, pero muy en el interior me rehúso a creerlo. Aunque de algo sí estoy segura: solo nosotros hemos sido capaces de pausar al destino.
Fotografía por Edgar Rocha

