Adios camarada

Esta triste historia inició con la muerte de Lee Krasner.

Lee y yo nunca fuimos amigos, pero al saber sobre su muerte se generó un extraño vacío en mí, sin entender porqué.

Traté de regresar mentalmente a nuestros años de escuela, la vieja clase del 57. Por aquel entonces, él ingresó a nuestra clase en el ultimo año, venía desde Vermont, donde su madre había fallecido y eso es todo lo que mis compañeros y yo sabíamos de Lee.

Durante aquella época, yo solía ser una especie de consejero emocional para muchos de mis compañeros de clase. Nunca supe porqué. Sencillamente encajaba en el perfil de joven más viejo. Aunque Lee era el único individuo que jamás solicitaba mi ayuda (probablemente porque sabía que yo era solamente un farsante, quien parecía saber y entender más de lo que sabía y entendía realmente). Si recuerdo que teníamos una relación bastante cordial, nos respetábamos académicamente. Él acudía a mi para algunas asignaturas y yo a él para otras. No era uno de esos tipos que solamente parecen buenos tipos, él era un buen tipo y todos lo sabíamos. Es por eso que era intocable. Nuestras bromas pesadas jamás lo involucraban y era una regla no escrita que quien se metiera con Lee tenía un gran problema con todos nosotros.

Recuerdo un incidente en el que comencé a salir con el interés romántico de otro compañero y el chico se puso como loco, quería golpearme y Lee, estando presente, se hizo cargo de la situación y le dijo al iracundo: «esa chica no te pertenece. No le pertenece a nadie hasta donde yo sé. Porque las personas no son objetos, maldito filisteo». Ante la mirada violenta y expectante del muchacho, Lee prosiguió: «¿sabes que son los celos, Bob? Apuesto que no, así que voy a decírtelo. Los celos son una preocupación indebida por atesorar lo que sólo se puede perder cuando no vale la pena conservarlo. Ahora deja en paz a Eddie o te golpeare hasta que me entiendas». Bob me miró un segundo más con la misma expresión de odio y se fue.

¿Por qué recuerdo estas cosas? Mi esposa dice que tengo una gran memoria, sin embargo, no creo que sea un don innato, es más bien años de recordar que, en definitiva, a pesar de vivir una catástrofe humana compartida, casi constante, he vivido.

Al final de la secundaria Lee perdió a su padre, producto de un suicidio, y a pesar de la tragedia parecía él determinado a seguir adelante y cumplir sus sueños y metas y todas esas cosas que anhela uno en la adolescencia; por lo que regresó a Vermont, a continuar con sus estudios universitarios, quería ser un ingeniero mecánico y trabajar en un equipo de carreras. No supe más de él hasta un par de años después (creo que fue en el 59). El equipo fútbol de mi universidad se enfrentaba al de Vermont. Lo vi en las gradas y me saludó, tomamos unas cervezas después del partido, esa fue la última vez que lo vi.

Por alguna razón, sigo pensando en la mañana en que Bob llamó para avisarme sobre la muerte de Lee, recuerdo cada segundo, el calor del verano, el olor del café apenas terminado, los rayos de sol entrando levemente por la ventana, mis hijos jugando en el patio, sus carcajadas, el sonido de los aspersores, todo en un triste y fatídico momento.

Comencé a llorar al saber las circunstancias de su muerte. Murió ahogado mientras se divertía junto a su esposa y unos amigos en el lago Burlington. Cuando lo llevaron hacia tierra firme ya era tarde, su esposa lloraba a gritos mientras sus amigos, entre sollozos, trataban desesperadamente de reanimarlo. No quise oír más, corté el teléfono y me senté en el suelo. Cuando mueres todas estas cosas mundanas, ya saben, cosas… no importan. Pero, si vives con gracia y dignidad y te ocupas de no ser un imbécil insufrible, el día que no estés aquí alguien en algún lugar va a recordar que no has existido, sino que has vivido lo cual quizás valga de algo. No lo sé.

Fotografía por Katya Mamadjanian.

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