Los que no se eligen

Los que no se eligen caminan con lágrimas en los ojos,
conmovidos por canciones en lenguajes extranjeros.
Llevan una sonrisa en el pecho.
Se sienten felices, sueñan de nuevo.

Los que no se eligen tienen que beber agua, a falta de besos.
Se comen una sandía gigante, a solas, en la barra de la cocina, y guardan la mitad,
imaginando que es primavera de nuevo y que tienen con quién compartirla.

Los que no se eligen leen libros, pronuncian palabras, abrazan a los amigos, levantan pesas, toman el metro,
se ríen de los chistes y bailan las canciones…
mientras guardan el recuerdo.

Los que no se eligen se van de viaje, exploran el mundo, juegan.
Se esconden en la librería y juegan a buscarse.
Envejecen, pero sus ojos brillan, dispuestos al encuentro.
Saben que el precio de la libertad es la renuncia. Y su regalo, la magia.
Se consuelan.

Lo que pasó en ese vagón quedó suspendido en el tiempo.
El tren avanzó hacia el infinito.
Nada se ha perdido.

Los que no se eligen son valientes.
Avientan la moneda y sienten que ya ganaron. Agradecen.
Comprometidos con lo que alguna vez tuvieron, se visitan en sentimientos: limerancia, melancolía, amor, anhelo.
Se mandan mensajes a través del sol.

Recargados en el árbol, observan todo lo que es verde.
Por fin entienden el entramado de la vida. Nadie sabe si son sabios, ignorantes, culpables o inocentes.
Celebran su locura y se acompañan con coraje,
en la intimidad de no haberse elegido.