(algo escrito algún día en carretera, camino a algún lugar lejos de casa)
Sentada junto a la ventana trasera del coche,
música en mis tímpanos,
aire helado en mi rostro,
mente en blanco,
ojos pelados que observan.
Me doy cuenta de que a mi lado, a unos cuantos centímetros de distancia, se encuentra colgado de un gancho, un vestido color blanco.
Se adorna de lentejuelas y se cubre de plástico.
Un plástico tan delgado que le permite a mi mirada entender su silueta,
su textura,
su color,
el olor del polvo que resguarda.
Y de repente,
de la nada.
Sin anuncio,
sin batalla,
sin percatarse de mi presencia,
El vestido baila.
A través de la ventana,
viene y va,
con el ritmo del viento.
Sin música,
sin tiempo.
Sin ritmo,
sin celo.
Se mueve al son de la carretera que maneja papá.
Sin instrucciones
ni explicaciones.
Y entonces pienso yo,
…lo que daría por ser el vestido amigo del viento.
Sin personaje,
cómplice del instante.
Y ya.

Directora creativa y productora, fundadora de Sheija, casa de arte.