Arruinada me presenté por segunda ocasión a tus miradas iluminadas e inquisidoras. Cargo tres historias en el bolso para indagar si llevas bajo la piel un corazón. Fundirme en tu sangre sería revitalizante, como el baño matutino de las aves que no conocen la palabra “jaula” y se permiten volar en todas direcciones.
A los nueve años conseguí seleccionar las imágenes e historias idóneas para tu llegada. Son mías, pero las indicaciones del conjuro prometían tu sonrisa a cambio de mi ofrenda. Fue un despojo silencioso; aguardé veintiséis calendarios y permití el crecimiento de maleza en mis memorias. Para no aburrirme, sembraba flores feas, de la especie que exige lágrimas para florecer.
Voy descalza para sentir lo que la vida disponga; te doy las palabras que todos usan, pero en el orden que mi alma necesita para reposar en la tuya.
La vida es basta, las opciones son infinitas, y las circunstancias actúan como cuchillos afilados. No atiendas a predicciones de infelices, pues son muy putas como para permitir que ponga amor en tus manos. Por eso te tomé del brazo, te arranqué una sorpresa y nos fuimos sin dar aviso, presentes y desafiantes, suficientes para llenar lo que antes dimos por perdido.
Ahora dejo que tus manos me alimenten, sin kilómetros, con certezas.
Quiero crear terremotos en tus labios y que desees sus réplicas; ser la promesa que llega al presentar nuestras almas en ruinas, para remover los escombros y, juntos, construir otra historia.
Fotografía por Karen Anahi Olvera Vargas

Escribo para acompañar; mis textos se meten en lo roto, lo cotidiano y lo escondido.
