Si fuera un gato, me quedarían tres vidas. Suelo decir que en las letras guardo lo que pocos saben de mí, por miedo a pensar que se sabe más de quien dice poco.
Escribo lento para disfrutar despacio. Me releo, quizá, por los rastros que quedan de la inseguridad que me dejó sentir que hablar no siempre valía la pena, como si hacerlo se tratara de un merecimiento o de un privilegio concedido solo a algunos pocos.
Hoy vale, y sin pena; y hacerlo a través de la palabra escrita vale mucho más. Porque es sobre la hoja, y a través de ella, donde transmito lo que pienso, lo que el mundo me hace sentir y donde ese mismo mundo, muchas veces, se resignifica.
He escrito ya —probablemente muchas veces— acerca del oficio de escribir. He escrito sobre lo que escribo y sé que es una forma de dar forma a lo que para mí significa hacerlo: incluso a aquello que habita en el inconsciente y que, de no ponerse en la palabra, tendría que pagar el peaje de ser contenido.
Le tengo mucho aprecio a esta versión mía: la del escritor capaz de convencer a los demás a través de las palabras, pero incapaz de convencerse a sí mismo.
Confío en que mis palabras me pertenecen hasta antes de escribirlas, porque una vez que suceden en la escritura su sentido se independiza de mí; y eso es uno de los goces más gratos que encuentro al hacerlo, porque las palabras cambian de forma, como el agua. Y, como el agua, las palabras mojan, empapan, riegan, dan vida, pero también ahogan.
Fotografía por Ana Valeria Nolasco Infante

Escritor, psicólogo e imaginante mexicano dedicado a la educación. Con gusto por las letras, los cielos nublados, la música, mi gente, el café y el mezcal.
