La primera vez que apareció el petirrojo yo todavía no sabía cómo sostener la palabra muerte en la boca. Se deshacía, como un bocado que no alcanzaba a tragar.
Vivía en un edificio alto, de esos que no permiten raíces. El concreto es un desierto vertical. No hay árboles suficientes para que un pájaro se equivoque. No hay razones para que uno se pose en mi barandal.
Pero llegó.
Rojo en el pecho, pequeño, inclinado hacia adelante. Movía la cabeza como si escuchara algo que yo no podía oír. Golpeaba suavemente el barandal con el pico.
Pensé que se había perdido. Luego pensé que yo era quien se había perdido.
Ella me dijo: —Es tu abuela. Vino a verte.
Lo dijo con una convicción suave, como si estuviera acomodando una cobija sobre mí. Yo no le discutí.
El pájaro volvió al día siguiente.
Y al siguiente.
Yo dejaba la puerta del balcón entreabierta, no para que entrara, sino para que supiera que podía hacerlo.
Nunca entró.
* * * *
Cuando murió mi abuelo, su esposo, apareció otro pájaro.
No era tan rojo. Era más gris, más reservado. No se posaba en mi barandal; se quedaba en una antena cercana. A veces, cuando el sol caía, los veía a los dos en la misma línea eléctrica. No se tocaban. Pero el espacio entre ellos parecía lleno.
No sentí sorpresa. Sentí que alguien estaba llevando la cuenta.
Como si la muerte también supiera organizarse en parejas.
* * * *
Antes de que muriera otro de mis abuelos, el materno, vi tres pájaros.
No juntos.
No exactamente.
Uno en el barandal.
Uno en la antena.
Uno que se permitía probar el aire.
Como si alguien hubiera dejado tres puntos suspensivos sobre la ciudad.
Ese día no entré al departamento de inmediato. Me quedé abajo, fingiendo buscar las llaves en la mochila, mientras veía a los tres pájaros.
El teléfono sonó una hora después.
* * * *
Ahora temo a la aritmética del cielo.
He dejado de mirar el balcón por las mañanas, he dejado de mirar las nubes y las ramas de los árboles. Abro las cortinas con los ojos entrecerrados. Me digo que las aves migran, que todo puede explicarse.
Algo ha cambiado de lugar apenas unos milímetros.
Antes, al abrirlas, esperaba escuchar algo detrás de mí.
El sonido leve de alguien acercándose sin prisa con una explicación.
Ahora los pájaros son solo coincidencias.
* * * *
Pero hay algo que verdaderamente no tiene explicación. El balcón es el mismo. Los pájaros, a veces, también. Mi mirada es otra.
Y el amor, incluso el que ya no está, todavía sabe encontrar un lugar donde posarse.
Fotografía por Jerónimo Andrade

Soy abogado por castigo del azar. Las leyes me dan de comer, aunque a veces sospecho que también me causan gastritis.
