¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Estuve casi dos años atravesando una metamorfosis que parecía no tener dirección. Me sentía increíblemente perdida creativamente: ya no me gustaba lo que hacía y trabajaba más por inercia que por convicción.
Lo analógico llegó para transformar mis procesos, enseñarme otras maneras de mirar, otras personas y otras formas de elegir y vivir. Me acompañó incluso en mi primer viaje a otro país. Silencioso, pero constante, ha estado presente en todo mi camino para convertirme en quien soy hoy.
También me aterrizó en lo verdaderamente importante: la familia, los amigos y las memorias que existen para mí, no para los demás.
Después de meses interminables sin encontrarme en nada, finalmente volví.
Viví dos meses en un pequeño pueblo de Veracruz, rodeada de verde y lejos de las personas que amo. Aprendí otra manera de vivir y otras cosas por valorar. No hice ni diez fotografías en todo ese tiempo, pero regresé siendo alguien más ligera.
Desde hace casi dos años, el proyecto más importante en mi vida es Graphers: experiencias y viajes fotográficos que buscan conectar con el otro, con el espacio y con uno mismo. La fotografía se convirtió en una excusa, un puente, algo que nos reúne.
Este proyecto me ha regalado personas maravillosas, que llegaron en el momento exacto para enseñarme algo. Creo que ellas me han enseñado más a mí de lo que yo podría enseñarles. Me inspiran, me motivan.
Graphers nació desde algo profundamente personal, pero terminó convirtiéndose en algo colectivo. Todavía no sé cómo describir la felicidad que me produce saber que tantas personas se sienten cobijadas, identificadas y seguras dentro de este espacio. Porque al final, la fotografía nunca ha sido el fin, sino el medio.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
Si me lo preguntas hoy y me lo preguntas mañana, probablemente te responderé algo distinto. Creo profundamente que todos los días aprendemos algo, aunque sea pequeño.
Sin duda, la confianza en una misma como artista y la fortaleza mental son pilares fundamentales para vivir de lo que amamos.
También aprendí que la vida es profundamente efímera y que hay que vivirla con intensidad. Edgar, un amigo, se convirtió en un recordatorio constante de eso. Ha sido una de las personas que más me ha enseñado en los últimos meses.
Cuando entiendes que nadie más podría hacer exactamente lo que tú haces, algo cambia. No porque seas mejor o peor, sino porque nadie ha vivido lo mismo que tú ni mira el mundo desde tu lugar. Y ahí está el valor.
Aprendí también que la vida se vuelve más hermosa cuando tienes con quién compartirla, y que las personas que nos rodean transforman nuestra existencia de maneras extraordinarias. Rodearme de las personas correctas en esta etapa ha sido una de las cosas que más me han cambiado.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Presente. Ser. Ahora. Trascender.
Es extraño porque, así como siento miedo, frustración, ansiedad o incertidumbre respecto al futuro, también me rodea una enorme cantidad de alegría, entusiasmo y amor. Entonces, esas emociones complejas nunca terminan de derrumbarme, porque termina ganando el cariño que recibo y esa energía que puede contagiar algo tan simple como darle los buenos días a un desconocido.
He aprendido a dejar coexistir todas esas emociones. De eso se trata estar vivos: sentir. No podríamos amar el sol sin conocer el frío, ni entender el día sin la noche. No existiría claridad sin incertidumbre.
Creo que las veces que más me abruma todo es porque hay demasiado por hacer y no lo estoy haciendo.
Existe una persona, mi persona, que me enseñó a dividir los monstruos enormes e imposibles en tareas pequeñas y realizables. Ese se volvió mi método cotidiano: transformar lo complejo en objetivos alcanzables.

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Quizá hubo tres conversaciones importantes.
Durante un viaje a Guatemala hablaba con Edgar, esta persona que constantemente me recuerda que, si estamos vivos, hay que vivir. Contrastábamos nuestras historias, nuestras infancias y nuestro presente. Confirmé algo: los corazones más nobles suelen encontrarse en las historias más complejas. Y también entendí que no importa tanto el pasado; importa lo que hacemos con el presente. Hay que aprender a soltar.
En ese mismo viaje, otro chico me dijo algo que me marcó mucho: que mi trabajo fotográfico quizá no era “el mejor” a nivel técnico o visual, pero que le impresionaba todo lo que había logrado construir alrededor de él: los viajes, los proyectos, el trabajo con marcas.
A partir de esas conversaciones confirmé que lo que realmente mueve al mundo es la conexión, el sentido de pertenencia, el cariño y el amor entre las personas. Uno siempre termina entregando lo que lleva dentro.
Y hay otra conversación que no quería dejar fuera. Cuando me mudé a la Ciudad de México, mi roomie y amigo Fer me enseñó que todo lo cotidiano funciona como una metáfora de lo que cargamos internamente.
Cuando subí al Volcán de Fuego llevaba casi quince kilos de equipo fotográfico “por si acaso”. No usé absolutamente nada. Ni siquiera tomé fotos ese día.
Al regresar, le conté esto a Fer y me respondió: “Amiga, es que cargas cosas que no necesitas. Y no hablo de la mochila”.
Tiempo después entendí de qué hablaba. Durante el viaje a Guatemala volvió a pasar lo mismo: cargaba la cámara todo el día únicamente por el peso de una expectativa que nadie me había impuesto excepto yo misma.
Y entonces entendí algo importante: antes que fotografiarlo todo, prefiero vivirlo.
Este año aprendí que debo dejar de cargar expectativas ajenas y que, al final, damos a los demás lo que somos. Ojalá que lo que seamos sea amor e inspiración.

¿Qué fue lo más difícil que has enfrentado últimamente en tu proceso creativo?
Hace un año fue la falta de rumbo. Ya no me encontraba en nada porque estaba buscando algo más profundo que la simple superficie. Hoy siento que logré atravesar esa barrera. Creo menos, pero cuando lo hago, es con intención.
Últimamente, lo más difícil ha sido la falta de confianza en mí misma. Rodearme de personas tan talentosas en áreas que para mí eran nuevas resultaba increíble, pero también intimidante. Me comparaba constantemente y pensaba que solo otros podían hacer aquello que yo quería lograr.
Decía: “No voy a aceptar este trabajo porque seguramente me equivocaré”.
Hasta que entendí algo muy simple: equivocarse es parte natural del aprendizaje.
El error, la prueba y la incomodidad terminaron convirtiéndose en herramientas para desafiarme a mí misma. No por demostrarle algo a alguien más, sino por demostrarme a mí que sí podía hacerlo.
Y sí: pude.
El síndrome de la impostora golpea fuerte cuando aparece. Pero qué bonito es tener amigos que te recuerdan quién eres y de lo que eres capaz.

¿Cuál es tu restaurante favorito y por qué te gusta ir ahí?
Mi restaurante favorito es Milli Cholula. Recomiendo pedir cualquier cosa de temporada: todo es una maravilla.
Trabajan alrededor del maíz y del ritmo natural de la tierra. Si tienen oportunidad de asistir a alguna de sus cenas o a un “Bosque de Maíces”, lo recomiendo muchísimo. Es una experiencia para entender todo lo que existe detrás de los alimentos, del maíz y del náhuatl, directamente desde productores y cocineras tradicionales.

Si este mes tu vida fuera una película, ¿qué título tendría y quién haría el soundtrack?
Título: Wanderlusting.
El soundtrack probablemente lo harían Bon Iver o The Paper Kites. Y si la energía fuera más alta que contemplativa, quizá Taylor Swift.

Recomiéndanos uno o más artistas que sigas, que te inspiren, y dinos qué es lo que más te gusta de su trabajo o de su forma de trabajar.
En la música, Taylor Swift es probablemente la artista que más me inspira. Lo que ha construido va mucho más allá de la música: creó una comunidad y un punto de encuentro. Me inspira pensar en las personas que siempre supieron lo que querían y fueron capaces de lograrlo.
Por otro lado, Elvira Sastre. La sigo desde antes de la pandemia y sigue siendo mi escritora favorita. Me acompañó durante días muy oscuros. Admiro profundamente su capacidad para hablar de todo: ser mujer, ser lesbiana, la familia, los perros, la identidad. Sus poemas funcionan para mí como un espejo.
Y finalmente, Proyecto Análogo. Pablo y María tienen una manera muy particular de mirar el mundo. Con el tiempo nos hicimos amigos y creo que de ellos aprendí algo fundamental: mirar fuera de la caja y perseguir el sueño con paciencia, hasta hacerlo realidad.

