El otro día se cayó mi espejo de cuerpo completo: se hizo pedacitos. Llamé a mi madre para preguntarle qué ritual se hace, yo no quiero tener siete años de mala suerte. Qué risa me doy, pero este tipo de pensamientos me divierten. ¿Qué sería de mí sin ellos?
Justo esta mañana, durante mi caminata matutina, pensaba que todo sería más fácil si no tuviéramos un cuerpo. Luego, como siempre, comencé a divagar: primero nos imaginé como burbujas; después, ¿por qué no?, en un mismo molde, que todos tuviéramos el mismo cuerpo, el mismo físico. Al fin y al cabo, lo que importa es el contenido de ese cuerpo. Recuerdo mucho cuando leí a Kundera hablando de no conocerte físicamente, me voló la cabeza:
«Imagínate que vivieras en un mundo en el que no hay espejos. Soñarías con tu rostro y te lo imaginarías como reflejo exterior de lo que hay dentro de ti. Y después, cuando tuvieras cuarenta años, alguien te pondría por primera vez en la vida un espejo delante. ¡Imagínate el susto! Verías un rostro completamente extraño. Y sabrías con claridad lo que no eres capaz de comprender: tu rostro no eres tú».
Y aquí estoy, grabándome con el celular para verme de cuerpo entero, sustituyendo a mi espejo ya inexistente. Qué lata esto de ser humana y la vanidad que conlleva.
