Lo que escribo en mi ventana

Voy a ponerme a escribir ya, pero ya. Hace más de media hora que me había sentado con frases en mi boca. Ya se me fueron, se fueron todas sin desglosar.
Se me resbalaron y nunca supe lo que quería decir.
Me quedé corta de expresión y en gris; por eso es que me puse a escribir ya, pero ya.

Ya no hacía frío, el té me tapaba la boca y podía pronunciar las palabras en voz alta.

ME ENCANTA ESTAR SOLA. ¿Vos cómo me dirías?
¿Solitaria? ¿Egoísta? ¿Egocéntrica? ¿Fría? ¿Miedosa? ¿Sensible? ¿Mecha corta?

Sí, soy un poco de todo eso, pero la cuestión acá es que me encanta estar sola y hace una hora que me había olvidado.

Qué difícil darme un silencio entre tanto estímulo; la vela caía y mi boca quedaba semiabierta. No sé si era el impacto de fumar o si tenía cosas por decir.

Podría delatar todo, pero me gusta cuando el lector se queda con lo interno: con la vela semiapagada, las colillas del cigarrillo y el saquito de té posado en la taza.

La noche se hizo para el escritor, para lidiar con el insomnio y las palabras escondidas del día.
¿Y el silencio? El silencio también se hizo para el escritor.
¿Y el quilombo? El quilombo también.

Todo estaba hecho para que yo pudiera escribir.

Lo que pasa es que no me había puesto crema.