C. de Casto Plasencia, 6, Centro, 28004 Madrid
Todo pasó muy rápido, y cuando me di cuenta, aún estabas aquí. Han pasado once años, y tu memoria todavía me pesa. No tu memoria, la memoria de esa noche. La noche en la que casi desapareces. Pero no, sigue sin ser eso. Me refiero a la noche en la que quisiste dejar de existir. Escucho que llaman a los últimos pasajeros del avión con dirección a Madrid, entre ellos, yo. Corro a la puerta. “D: diecinueve”. Hay un mar de gente. Te seguí nombrando, en silencio. Al principio te escribía cartas. Muchas cartas. Cartas que yo sabía que nunca ibas a poder leer. Porque ni siquiera iban a dejar que las recibieras. Una noche antes había ido a caminar a Montjuïc, era tarde. La una con treinta y nueve minutos, para ser exactos. La residencia estaba en la calle Paral·lel 173. Me quedaba muy cerca. Camila me mandó un mensaje diciéndome que esperaba que no hiciera locuras y que estuviera en mi cama. No le hice caso. Caminé hora y media pensando en lo que pasaría hoy. Traté de escribir bajo un farol que medio iluminaba la noche. Primero escribí “Nada”. Lo taché. Me quedé solo con la N, la inicial de tu nombre. Cerré el cuaderno. Subí hasta el mirador. Había un vago. No me hizo ni caso. Lo tomé como señal, y regresé. La verdad es que no dormí nada, pensé muchas cosas y ahora estoy aquí. No quería ir en tren, porque es lo que siempre hago y porque es más caro. En estos momentos no quedan muchas opciones. Tengo calor. Quisiera abrir la ventana del avión. Y que una nube me succionara sin que nadie se diera cuenta.
Ayer en la terraza, mientras Camila hablaba, pensé en lo que pasaría si me tiraba del balcón. El resultado final de los cálculos mentales que hice me llevó a no hacerlo. Sin prometer que no lo volvería a intentar en otra ocasión. Producto bruto. Resultado neto. Así me hablo (a veces, cuando quiero cruzar mi propia sombra). Eso han sido mis días últimamente: atascamiento continuo, segundos fatales y luego nada. Una oleada de antipatía por el mundo me asalta y me deja la boca con sabor a metal.
El vuelo duraba una hora con veinticinco minutos. Los suficientes para pensar en la última vez que te había visto. Pensé también en que tú no me habías visto ese día. Estabas conectada a muchos tubos. Tubos que respiraban por y para ti. Tu papá nos sacó del cuarto. A Carolina y a mí. Nos dejamos de hablar pocos meses después de lo que pasó. Ella se decidió víctima. Yo, daño colateral. Sabía que el verdadero problema había sido lo que te había pasado a ti. No podía permitirme ser cómplice de tanto cinismo. Resulta demasiado violento entenderse. Me alejé. No desaparecí. Tú sí. Me encontré a tu hermana hace dos años en un bar en la ciudad. Al principio no me reconoció. O fingió no hacerlo. Nos abrazamos por encima. Como si evitarnos fuera la respuesta al dolor compartido. Me dijo algo al oído. No entendí nada.
En Madrid hace más calor todavía. Aunque el día está nublado. Pido un taxi. Voy directo a la funeraria. No quiero hablar. El conductor me mira por el retrovisor, como si supiera algo. No dice nada. Desde la ventanilla veo el Retiro, los árboles quietos, sin viento. Una mujer lanza migas a las palomas como si pudiera suspender el tiempo. Una pareja discute frente al Reina Sofía. Alguien ríe dentro de una tienda de souvenirs. Todo eso ocurre mientras yo voy hacia el último sitio donde estará tu cuerpo. Veo la ciudad pasar con su desinterés intacto: plazas húmedas por un riego reciente, terrazas vacías con sillas metálicas acumulando nada, una enredadera creciendo entre las grietas de una pared grafiteada. Un niño corre tras una pelota. Un perro lo sigue sin correa. Nadie se detiene. Nos acercamos a la calle Jorge Juan. Cierro los ojos. En una esquina, una bugambilia florece como si no supiera. Y me dan ganas de pedirle que no lo haga.

Nací en Los Mochis pero crecí en la Ciudad de México. Leo guiones y colaboro con un director. Escribo compulsivamente desde la pubertad. Me encantan las películas de Almodóvar, la música electrónica, los pasteles verdes, los poemas, la lluvia y el frío.