Viene y me grita, porque así es el tiempo. Se aparece, sumergido en el movimiento asimétrico que sucede entre las nubes del verano, de este y de cualquier otro verano. Parece que nada ha hecho, él es, solamente él.

A veces creo que es Dios el tiempo, uno ateo e inmenso; de brazos largos y tibios, con los que a todos nos alcanza.

Nadie contra él puede, nadie habrá jamás de detenerlo. Por eso le inventamos historias, que sirven como tributos improbables en forma de agradecimiento, porque de él dependemos, porque de él depende que funcione el antibiótico, como cualquier otro medicamento y también la quimio, que se impregna en los huesos y en la utopía de seguir viviendo.

También, el tiempo es responsable de que los mangos regresen y que sean dulces como los abrazos de las abuelas que, también él, ya nos quitó hace muchos inviernos. Quizás, por eso se nos ocurrió medirlo, para tratar de entenderlo y poder tangibilizar su silencio. Lo calculamos con cartas, con canciones y pausas (que inventamos para creer que, de alguna forma, le ganamos una partida).

Aprendimos a medirlo con poemas y con alegrías, que nos han servido para disfrazar la idea de que cada día nos queda un amanecer menos en esta única vida, la vida que en realidad es el tiempo mismo y que, aunque  castiga, muerde y quema; también da, cura y cierra heridas.

Por eso tiempo, siempre tiempo.

Fotografía por Abel Ibáñez G.