RÉQUIEM DEL OLVIDO QUE SEREMOS

31 mayo, 2020

Hacia el final de la relación lo nuestro fue un dolor amparado por la cotidianidad y la incertidumbre. Atrás habían quedado los días en que el deseo nos lanzaba cada mañana y cada noche a los brazos del otro, cuando anhelábamos un cuerpo distinto del nuestro y ansiábamos que los besos y las caricias nos arrancaran todas las preocupaciones y el tedio de la vida adulta.

Aún hoy me pregunto en qué momento crecimos tanto; cuándo fue que los días de universidad, donde nuestra mayor preocupación era encontrar cómo llenar diez cuartillas para un ensayo o culminar la lectura de un libro de trescientas páginas en una semana, quedaron sepultados bajo deudas conjuntas y el sentimiento amargo de que ningún dinero sería suficiente para solventar la vida que pretendíamos tener como pareja. Éramos jóvenes aspiracionistas con deseos inalcanzables de comernos un mundo que le quedaba demasiado grande a nuestras bocas. Me habría gustado comprenderlo antes para advertirte que la vida rara vez es el cuento de hadas que vemos en las películas de dibujos animados. En la vida real no hay reyes ni reinas, príncipes ni princesas, mucho menos finales felices, y si los hay nunca fuimos ellos ni fueron hechos para nosotros.

Ahora mismo sería difícil enumerar las veces que nos juramos amor eterno. Hay noches en las que, por mero tedio o sádico entretenimiento, pongo a flotar mi mente sobre todas esas promesas que se han quedado huérfanas de significado, empezando por los “te quiero”, naufragando entre los “te amaré por siempre” y culminando en vacíos pre-votos matrimoniales. Todo parece ahora tan lejano como aquellos culebrones que te gustaba ver antes de dormir y, al mismo tiempo, tan cercano a las pésimas y acartonadas actuaciones de las estrellas de la pantalla chica por las que suspirabas sin ocultar tu deseo de, algún día, conocerlos en persona. No te culpo, nunca lo hice y jamás lo haré. El dolor no sobreviene tanto del recuerdo de tu adiós como de la idea de haber pasado cuatro años de nuestras vidas viendo cómo se resquebrajaba lentamente nuestro amor para dar paso a la costumbre y, al final, al temor de discutir por cualquier cosa: desde la posición de la pasta de dientes en el baño hasta las deudas en la tarjeta de crédito a la que sólo tú tenías acceso, porque mi educación financiera y un indescriptible terror al tema económico no me permitía acceder a tal herramienta (hasta el día de hoy sigo sin hacerlo).

Me pregunto si pudimos equivocarnos menos. En ocasiones, cobijado por el ocio, me pongo a escribir finales alternos en mi mente para nuestra historia de amor: una familia de tres, casa, tal vez un par de perros; el triunfo del príncipe derrotando al dragón y salvando a la princesa y el cierre meloso con un close-up a los labios de la feliz pareja; el final que le da significado a todos los sacrificios y le inunda la mirada de lágrimas al espectador en la sala de cine… Patrañas todas ellas, cada una con menor sentido común que la anterior. Pero hay algo que, sin duda, debes saber antes de que me vea incapacitado para revelarlo: por cada día que ocupo en escribir una ficción protagonizada por nosotros es como si eliminase parte de las neuronas que alojan el recuerdo de lo que fuimos. Algún día, con suerte, sólo seremos olvido.

Fotografía por Barbaros Cargurgel

por

(1990- ¿?). Gestor cultural, bibliómano y colaborador constante de publicaciones digitales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *