La abstracción de mi tiempo obsoleto a un instante en que siento el aumento de tensión, mientras veo que otra vez Periférico va lento; está por suceder un choque eléctrico de un hilo oratorio. Pero no todo va tan mal, me tocó asiento a lado de la ventana (en el transporte público, admitámoslo, es el mejor lugar). 

Mi café me alcanza para el camino y es que, desde mi lugar privilegiado, puedo ver la rapidez o la calma con la que los transeúntes suelen moverse. Muchos de ellos escuchan música, caminan con sus caninos, sonríen, van serios; no conozco sus vidas, pero siguen, no se detienen. 

¿Qué cargarán los morros en sus mochilas grandes? Que más que estorbar, me hacen pensar que sí pueden redireccionar el futuro y hacer las cosas distintas, así que no me molesta ayudar a uno colocándola en mis pies, para que no cargue en ese pasillo tan enjunto. La señorita de mi costado lee, no puedo ver de reojo qué libro es, pero justo al llegar a Tláhuac, abraza la obra y es nada más y nada menos que Mascarilla y trébol de Storni; sonrió porque, vamos, hay que seguir leyendo.

En los semáforos pienso: “¿por qué no traje otro libro, una golosina, algo para armar?”. Suena una buena rola, vaya que el chofer sabe sonorizar el camino, así que me enfoco en la ventana, y entonces medito: 

A nivel evolutivo, el movimiento es la base de la vida. Nos movemos por tres motores principales: por necesidad, por homeostasis y por dopamina. Al final, todos tenemos un impulso intrínseco que nos lleva a progresar, a abordar el colectivo y avanzar. 

Fotografía por Cristóbal Coello Robles // Rev/Scan en Bengala