¿Cómo nació la idea de este libro?
Había escrito antes un libro sobre la piedad y si te fijas, la piedad, además de un afecto, es un signo saturado, tiene una iconografía reconocible: la madre con el hijo muerto en brazos. La ternura, en cambio, no tiene figura, es huidiza, se esconde en los pliegues, en la minucia de un roce, en la inminencia de un ademán, no se deja atrapar en un concepto, y frente a esa falta de imagen, es la escritura la que se aventura, despliega su deseo y ensaya sus propias modulaciones. La ternura, pienso, no es un estado sino un temblor, un desajuste del cuerpo y del tiempo, un sobresalto que nos descoloca, que nos inclina hacia el otro sin apropiarlo, sin consumirlo. Hoy el cuerpo parece anestesiado por la obligación de rendir, producir, cumplir, y suelo pensar que la ternura es eso que abre una grieta, un intersticio donde la vida se intensifica, donde la existencia se sobrecarga de presencia. Un instante efímero y frágil en el que podemos tocar ese exceso, sentir que hay una vida que pese a todo respira todavía
¿Qué descubriste en el proceso de escribirlo que no imaginabas al inicio?
Descubrí, por ejemplo, que Raymond Carver, cuyos personajes parecen alardear de su condición de monstruos impávidos, había escrito sobre la ternura, y más de una vez. Es interesante lo que sucede después de publicar un libro, porque empiezan a aparecer un montón de referencias que podrían haber estado pero no se llega a ellas sino después. Por ejemplo, John Berger, un autor que me encanta, pensó la ternura. Dijo que ella es un acto libre, en el sentido de que no persigue un fin específico y por lo tanto es improductiva, inoperante, una potencia que reside en no hacer o en hacer sin un propósito preestablecido. Nada más a contrapelo de nuestra época que, como ha escrito tan lúcidamente Juan Evaristo Valls Boix en El derecho a las cosas bellas, solo ama lo que crece, produce, rinde.
¿Qué partes tuvieron que quedarse fuera para que el libro quedara como está?
La verdad es que casi nada quedó afuera, no porque haya una economía deliberada, una especie de ascetismo programado, sino porque escribo así, con lo justo, sin excedentes, como si cada frase fuera un organismo que devora lo que produce y no dejara restos. A veces me gustaría lo contrario, una escritura desbordada, pródiga, capaz de acumular retazos que más tarde podrían ser retomados, reciclados, pero la escritura se me presenta de ese modo, como si todo lo que tuviera para dar se jugara en un solo movimiento. Es como si fuera la escritura de un amarrete, un avaro.
¿Qué conversaciones, lecturas, imágenes o sonidos se cruzaron en la escritura de este libro?
Mientras escribía el libro, tuve conversaciones hermosas con Christian Anwandter, Macarena García Moggia, Marcela Rivera Hutinel, Federico Galende, todos escritores a los que admiro mucho. Suelo escribir en silencio, pero cuando me decido a hacerlo con música, escucho a Brad Mehldau o Keith Jarret y no mucho más. Esta vez, como le dediqué un capítulo a Nick Cave, su música estuvo muy presente, aunque siempre lo ha estado. Diría que fueron muchas las imágenes que atravesaron la escritura, sobre todo imágenes de infancia, recuerdos que se fueron mezclando con las fotografía de Francesca Woodman, el cine de Pasolini, las frases de autoras y autores que me han conmovido, que me han corrido del lugar en el que estaba. Pienso en Nathalie Léger, Natalia Ginzburg, Anne Dufourmantelle, Florencia Abadi, Alia Trabucco, Adriana Riva, Alexandra Kohan, Adriana Cavarero, Masimo Recalcati, Peter Orner, Alan Pauls, por mencionar algunos nombres. Si hay referencias a ellos en el libro, no están allí como citas de autoridad sino como gratitud. ¿Cómo no agradecer encontrarse un día con una frase y que esa frase haya tenido la generosidad de erizarnos los pelos?
¿Hay una emoción o pregunta que lo atraviese de principio a fin?
La ternura, pero también sus aledaños emocionales como la tristeza, el miedo, la alegría, el deseo, el amor, el pánico, todas esas cosas que amplifican el mundo que hemos vivido.

¿Hubo un momento en el que sentiste que el libro cambió de rumbo?
Hace poco escuché a María Negroni decir que la escritura no es tanto la elaboración de una anécdota, de un tema o de una trama, sino más bien el corrimiento de todo eso hacia el lenguaje y sus incursiones. Si eso es así, y creo que lo es, entonces es natural que el libro se desvíe una y otra vez, que cambie de rumbo, que se deje arrastrar por derivas imprevistas. Porque ahí radica la gracia de la escritura, en llevarnos hacia lo inaudito, en permitirnos pensar lo que todavía no sabíamos que pensábamos, en descubrir lo que no estaba allí antes de que la escritura comenzara su trabajo.
¿Cómo cambió tu manera de leer o de mirar después de terminarlo?
Corroboré quizás una cosa: que la escritura, como decía Barthes, tiene que ser una relación de extremo deseo. Cuando la escritura se vuelve administrativa, como ocurre por ejemplo con los papers académicos, lo que desaparece es la posibilidad de que la lengua ponga a tambalear los gustos, los valores, los recuerdos, los vínculos con el mundo. ¿Para qué escribir si el mundo después de pasar por ella, por la escritura, sale de la misma manera?
¿Qué autorxs te inspiran últimamente y qué encuentras en su forma de escribir?
En el libro, como decía antes, aparecen citados varios autores y autoras que me gustan mucho. Si hay algo en común en todos ellos, es quizás el amor por la escritura y no tanto por el contenido, la estructura, el tema. Cada vez me aburren más los libros que anteponen las ideas, las tramas principales al trabajo de la lengua, el ritmo, la frase, porque terminan todos hablando más o menos de lo mismo y de la misma manera, porque en el fondo no hay tantas ideas ni tantos temas, y quizás todo se juega en las maneras que encontramos de hacer algo con todo eso.
¿Cuál es tu restaurante favorito y qué nos recomiendas pedir?
Difícil pregunta. Me encanta el ceviche que preparan en Con Agallas, la crema de locos de el Baco, los moules-frites de el Normandie, cosas del mar, acompañadas siempre con un vinito.

Ensayista y académica del Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile.
