Mi amor es…

18 diciembre, 2019

Nos dimos cuenta de nuestra mutua existencia de la forma más contemporánea posible: una app de citas (que no es Tinder, real**).

La atracción física ya estaba desde antes de vernos las caras en la vida real, por lo menos de mi parte sentía que me había ganado la lotería porque “estaba muy guapo” (lo es aún). Recuerdo una de sus fotos con la torre latinoamericana de fondo, creo que desde ahí me gustó.

Recuerdo la primera vez que nos vimos, abrió la puerta de su casa, me saludó y después esperé en su sala pacientemente a que él terminara de hacer unos quehaceres. Yo me bebía mi tikito de vainilla y de repente apareció su perro, se llamaba Jackie (Ya murió, fue la mejor mascota que he conocido en mi vida), ella comenzó a lamer el popote de mi tikito, la quise desde que la vi, pero me daba mucho miedo al inicio.

Lo demás es historia. Eventualmente nos comenzamos a enamorar y pues bueno, tenemos más de dos años conociéndonos y justo dos años y algunos días siendo novios.

Yo era la chica que valía madre para todo, menos para hacer arte. Gustaba de drogarme y estar alcoholizada la mayor parte del tiempo, justo antes de conocerlo pasé por un episodio depresivo del que que creía que no iba a salir nunca, era muy joven para eso. Siempre he vivido de prisa, los doctores dicen que podría ser mi último año desde que tengo 14. Ah, tengo cáncer.

Este último punto no pareció importarle mucho a este sujeto, no hacía muchas preguntas al respecto, eso me gustaba. Generalmente cuando la gente se entera de mi condición me bombardean con preguntas, desde las más básicas hasta las más impertinentes o en su defecto me dejan de hablar, algunos chicos en mi pasado lo hicieron, en cuanto se enteraron de que estaba enferma huyeron (no los culpo, culeros).

Siempre me ha hecho sentir como si no estuviera enferma, incluso cuando mi dolor físico era muy fuerte él siempre lograba hacerme sentir como si fuera solo gripe o algo que se quitaría pronto. Siempre tuvo fe en que yo iba a mejorar.

Él era un chico universitario en sus últimos semestres, foráneo y con un gusto enorme por las caguamas (otra razón para fijarme en él). Inteligente, divertido y amable. Supe que alguna vez fue graffitero pero ahora la vida de adulto joven no le da para más que esas pedas en fin de semana o jugar en su pc cuando sale temprano del trabajo.

Construir la confianza mutua no fue fácil, creo que la confianza es algo difícil de obtener y fácil de perder. Yo tenía mis asuntos y él los suyos, poco a poco fuimos abriéndonos el uno al otro. Ahora sabe todo lo que alguna vez creía que nadie sabría sobre mí o mi vida.

Eventualmente “nos hayamos el modo”, no sólo en términos de confianza, sino de carácter y cosas por el estilo. Ahora sabe que me gusta estar del lado izquierdo de la cama y sé que le molesta que me ria cuando se tropieza y casi cae al suelo. Toma las cosas de quien vienen.

Hemos crecido y hemos cambiado, tal vez no lo hemos hecho como se supone que debamos hacerlo, pero está bien, la vida es un océano salvaje en el que nadie sabe nadar, incluso teniendo el salvavidas en forma de llanta para coche que tu tía lupita se pone cuando va a Puerto Vallarta. Uno nunca sale bien librado.

Lo vi graduarse, conseguir un trabajo de manera casi involuntaria, una casa para no vivir tan lejos de mí y algunos electrodomésticos que no sirvieron (no compren en Facebook Marketplace), limpie sus lágrimas mientras estaba recostado en mi regazo, estuve ahí en algún punto de la carretera pidiéndole a diosito no morirnos porque era la primera vez que el conducía por aquellos lares (y por todos, en realidad).

Limpió mis lágrimas en aquella crisis existencial que tuve porque creía que yo no iba a ser nada en la vida (y en realidad lo hace muy seguido, lloro por todo), me compra chocolates porque sabe que me maman, conduce con precaución porque sabe que me da miedo ir con él mientras está en el volante, me deja poner música mala que a él no le gusta pero que a mí sí, y es la única persona que no ha hecho comentarios despectivos acerca de mi ansiedad. Siempre confía en mí y en todo lo que hago, me dice que me quiere en todo momento.

Ahora estoy en remisión (casi curada), soy un intento de buena estudiante y tengo ganas de hacer algo bien chido. No sé si algún día esto termine, todos los que leen esto van a decirse a sí mismos que sí, que es probable que se termine porque así son las cosas.

Pero la neta no tendría pedo si esto nunca termina, a veces no quiero dejar de abrazarlo nunca.

Frecuentemente lo miro mientras él está haciendo cualquier cosa, veo sus bonitos ojos brillantes, la cicatriz en su tabique (se cayó bien pedo en algún lado), sus cejas con una forma peculiar y pienso en que no quiero mirar a nadie más con tanto detalle y tanto amor como lo veo a él. Mi amor es Hayyim.

Fotografía por Daniel Comeche

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La vida es una constante de desgracias, siéntate a leer.