
Abro la lista de fotos que recibí en enero de aquel año. No hay vistas previas, así que tengo que abrir una por una. La primera es la foto cero: arena borrosa y brillante. La mitad del cuadro está quemada. Después está ella, cubriéndose la cara del sol. La playa al fondo y ella desenfocada. Diciembre en la Malvarrosa. Tomé las fotos hace años y no había visto esta. Quiero decir, la vi en algún momento, pero no la recordaba. Aquella vez recibí las fotos en mi correo y seleccioné las mejores. Esta la descarté y no la volví a ver hasta hoy. La tenía tan olvidada que no encontraba mucha familiaridad con la escena: no parecía haberla tomado yo. Probablemente se me fue ese disparo que dejó tonos pastel por el exceso de luz. Ahora tiene su gracia, aunque entiendo por qué no la elegí en su momento. Así se ven algunos recuerdos. Me dio gusto encontrarla. Fue como recuperar un trozo de aquel día.
Cuando revelas tienes el negativo de todo lo que tomaste, pero la foto se consuma hasta que tienes el positivo, ya sea blanco y negro o a color. Por lo tanto, el negativo es como una abstracción: una guía hacia la foto final. Ansel Adams decía que era una partitura y que la impresión era la ejecución.
Existe el término de “imagen latente” para referirse a las fotos que están en un rollo que no ha sido revelado. Latente, imágenes que podrían ser porque todavía faltan dos pasos para que sean visibles: el revelado y la impresión. Ocultas, escondidas, aparentemente inactivas. Son una posibilidad.
Cuando seleccionamos nuestras fotos estamos organizando una narrativa personal. Normalmente elegimos las imágenes que nos parecen más halagadoras y que vale la pena mostrar o conservar. Curamos una galería de milisegundos entrañables. Nuestra historia como queremos contárnosla y a los demás. Pero, ¿qué pasa con las fotos que se quedan en el negativo o que ya impresas no tomamos en cuenta?
Cuando fotografío tomo decisiones en tiempo real basadas en mi intuición sobre lo que me parece podría ser una buena foto. Entre esas decisiones se capturan imágenes que tal vez no sean las mejores o más bonitas, pero que forman parte del momento. A veces los gestos revelan nuestra naturaleza desprevenida.
Fotógrafos y editores utilizaban las hojas de contacto para elegir las mejores tomas para sus propósitos. La hoja de contacto contiene todas las fotos en miniatura. Henri Cartier-Bresson la consideraba un boceto de prueba y error; una manera de rastrear las elecciones tomadas cronológicamente y comparar.
La curadora Marta Sollima, nieta de la fotógrafa italiana Letizia Battaglia (1935 – 2022), cuenta que, para preparar una retrospectiva de su abuela, esta le pidió que al encontrar sus negativos y hojas de contacto simplemente se los entregara sin mirarlos. Después, se aislaba con el material para reconsiderar algunas tomas del pasado y circulaba con rojo las fotografías que quería mostrar.
Letizia sentía cierto pudor hacia su archivo; decisiones descartadas a lo largo de su carrera. Su nieta recuerda que: “No le gustaba la idea de que alguien pudiese ver y evaluar sus trabajos inéditos, las tomas que no había seleccionado hasta entonces”.
En los negativos y las hojas de contacto guardo las tomas a conciencia, los disparos espontáneos y los errores. ¿Cuál es la imagen valiosa? Las fotos no logradas rellenan recovecos de la memoria. En la hoja de contacto no hay narrativa diseccionada, están todas las decisiones en crudo. Cuando reencuentro esas imágenes descartadas, los estímulos visuales activan zonas de almacenamiento en mi mente, empolvadas por el tiempo y el desuso. Se recrean nuevos recuerdos que descansaban sin atención; se complementa la imagen general que tenía hecha de solo fotos buenas.
Documento, archivo. Consuelo para la nostalgia; novedad que revitaliza historias hace tiempo terminadas.
Cuando se fue, le pedí que enviara tres rollos a un laboratorio de San Clemente. El proceso estaba pagado y ella recibiría los negativos y los archivos digitales. Esos rollos contienen las únicas fotos a color de nuestro viaje. Nunca las vimos. Los rollos están perdidos en California, latiendo cerca de San Francisco.
Fotografía por Isaac Castillo Soto
