Dejo las puertas abiertas, las de la alacena y las del clóset. No me molesta. Las cierro porque me enseñaron que todo debe tener un orden, pero podría dejarlas abiertas. Si abro las ventanas para ventilar, ¿qué pasa si quiero orear la alacena y el clóset? Si quiero que lo oculto respire y murmure. Dejar las puertas abiertas es como ponerle desodorante a las axilas de la casa, para disimular que algo ya empezó a pudrirse.
La casa aprende de uno. Me copia los gestos, las mañas y las costumbres. En la calle la gente se mueve con prisa, se empuja sin mirarse. Me pregunto si ellos también dejan las puertas abiertas, o si también se rascan los testículos o se sacan los mocos cuando andan de ociosos. Si en sus casas hay alguien que los espera, o si solo vuelven por inercia. Cuando regreso, siento que traigo pedazos de esas miradas pegadas a la ropa, como polvo y olor a mañas ajenas.
Despertar en la cama no es lo mismo que acostarse en ella. Al despertar hay calma, cierta inocencia, pero al acostarme está el peso de la ciudad entera: los ruidos, las voces, el humo de cigarro de extraños que se pega a mi chaqueta de cuero de segunda mano. Como cuando comes algo y se te queda atorado entre los dientes, molesto, imposible de ignorar, hasta que con la lengua empujas para liberarte. Entiendo la casa como el cuerpo que nos recibe cuando el mundo se nos mete demasiado. Otras veces siento que la casa me habita a mí, y no sé si soy yo o ella quien respira.
¿A las casas les duele la cabeza?
Pienso que sí. La casa tiene células, membranas, torrente sanguíneo: los insectos, yo, los fantasmas, el polvo, los muebles… somos parte de un todo que necesita de sí mismo para seguir vivo. A veces soy yo el parásito. La casa tiene órganos: la cocina es el estómago, las ventanas son pulmones, el drenaje son los intestinos, los cables son los nervios. Compartimos funciones vitales. Si la descuido, se enferma. Si me descuido, me enfermo con ella.
Un día, esperando un taxi de ruta, dos señoras hablaban cerca de mí. Una contaba que, hace unos años, le habían llamado de un número desconocido. Se trataba de su exesposo. No tenía contacto con él desde que supo que estaba metido en el narcotráfico. Dijo que le mandaron una foto donde estaba desmembrado. Una foto donde había mucho rojo, o así me la imaginé yo, como cuando cierras los ojos y volteas al sol. Ella decía que contestaba y pedía que le dijeran quién hablaba, pero nunca le dieron respuesta. Nos subimos al taxi, y ella recargó la cabeza en la ventana, como si fuera una almohada.
Esa historia se me quedó entre los dientes. Me acosté en el sillón, puse la cabeza en un cojín como si fuera una ventana, mientras recordaba ese olor típico de carnicería: olor a cuchillo enterrado en carne.
Mi cuerpo cansado pierde forma. En el agotamiento hay un engaño bonito: parece descanso, pero es solo el cuerpo cediendo, muriendo poquito. El cuerpo aguanta más que uno. A veces me quedo tirado viendo cómo entra el viento por una ventana mal cerrada, que hace mover lentamente una cortina negra. Podría cerrarla, podría abrirla del todo, pero así la dejo.
El sillón es el ombligo de la casa, y en la casa se piensan cosas que no decimos en voz alta. En el sillón, pasan cosas sin que pase nada. Bueno, hasta que pasa: una cita, una excusa para limpiar. Es curioso ese momento, cuando invitas a alguien a pasar. Esa tensión: quizá hoy nos veamos sin pantalones, o tal vez solo intercambiemos saliva y nervios. No entiendo por qué a los humanos nos gusta besar bocas; es raro. ¿Por qué se siente tan bien meter la lengua en un lugar cálido y lleno de bacterias? Si lo pienso, me da asco. Si lo hago, no. Algunos besan raro, otros se amoldan a tu boca como si fueran parte de ti, como si las lenguas tuvieran memoria muscular. ¿O será que nos besamos solo para no tener que hablar, para que el silencio no incomode o para no admitir que nos sentimos solos?
Nos acercamos. Todavía nada. “Ponte cómodo, quítate los zapatos si quieres. ¿Otra copa de vino?”. Se siente similar a cuando te cantan las mañanitas y uno se queda callado sin saber qué hacer, o cuando caminas descalzo por la casa y de pronto tu calcetín se moja. Todo es ridículo, absurdo, y aun así, fascinante. Qué risa esa tensión; da un poco de pena verla desde afuera. Las paredes se ríen bajito, como si entendieran, como si dijeran: “ya cojan.”
Luego están los ruidos de los vecinos, o los gritos de otra casa cuando alguien hace reparaciones. Lo imagino como cirugía plástica: rejas nuevas, pintura fresca, una casa que quiere verse más bonita. Es como hacerle una liposucción a la casa: herramientas golpeando, lijando, taladrando. Un sonido que se cuela y me llega por detrás de la cabeza. A veces quisiera una lobotomía; tal vez sin un pedacito de cerebro me sentiría más ligero.
Algunas casas quedan a medio construir, detenidas en el tiempo, como historias interrumpidas que nunca se retoman. Cuando limpio las ventanas, quito las telarañas, excepto en una. Me gusta esa esquina. Hay cadáveres de moscas, y veo a la misma araña de siempre comerlas. Ya debería ponerle nombre, supongo que es mi roomie. Me da la ilusión de tener el control de algo: de ese pequeño ecosistema donde hay víctima y victimario, y yo, observador, un pervertido voyerista, pero esa araña seguiría comiéndose las moscas, aunque nadie la estuviera viendo. A veces creo que la casa sabe más de mí de lo que debería.
Fotografía por Jerónimo Andrade

Artista multidisciplinario mexicano. Su trabajo parte de lo personal para tensionar lo cotidiano y responder, desde una mirada crítica, a las inquietudes que atraviesan su entorno. El cuerpo y el texto funcionan como detonantes conceptuales en su práctica visual.
