
El odio es el mejor impulso que tengo para escribir, no porque todo lo que escriba cuando estoy enojado valga la pena, sino porque el odio parece avivar las llamas de mi proceso creativo. Así como el dedo en la garganta provoca el vómito, el odio en mi mente produce la escritura. Si no me siento en condiciones de escribir, intento molestarme por cualquier nimiedad, y entonces las palabras brotan sin que yo tenga que ir hacia ellas, llenando página tras página y, de vez en cuando, produciendo alguna cosa de la que me pueda sentir medianamente orgulloso.
Fotografía por Cristóbal Rodrigo Coello Robles
Librero y lector bibliómano con catorce años de experiencia, radicado en CDMX.