La vida es un teatro

A menudo se dice que la realidad supera a la ficción. Es una frase que parte de la idea de que le es algo ajeno. Por supuesto, se trata de algo irreal, esa es la cualidad que lo define: que es producto de la imaginación, inventado, aunque esté basado en un hecho. Sin embargo, que sea irreal no significa que no contenga verdad. La ficción es capaz de revelarnos, como apuntaba Aristóteles, un conocimiento cierto del mundo a partir de su representación. El arte revela lo indecible a partir de otros lenguajes, de los símbolos y lo implícito. En su creación y en su disfrute hay algo más allá del placer estético, la obtención de conocimiento. Y aunque esto aplica para todas las artes, es un fenómeno más ostensible y menos abstracto en el caso de aquellas que más se implican en el uso de la narración, como la literatura o el teatro.

El arte de transmitir un mensaje sin tener que decirlo y la capacidad de compartir una idea, una emoción o una sensación sin la necesidad de nombrar a la cosa, es una de las habilidades más difíciles de desarrollar para un escritor o dramaturgo y también, en muchas ocasiones, la que le garantiza a la obra una madurez suficiente para vivir y rebasar a su creador. Ejemplos hay numerosos. Uno de los escritores con mayor habilidad en este campo en la historia de la literatura universal es Fiódor Dostoievski (1821-1881), quien fue capaz de proponer ideas complejas sin enunciarlas; por ejemplo, a partir de las contradicciones de Los hermanos Karamazov y el famoso poema del Gran Inquisidor. Un lector es capaz de atisbar sus propuestas filosóficas y descubrir aspectos nuevos de su propia realidad a casi siglo y medio de distancia.

Por otro lado, la frase de que la realidad supera a la ficción revela un aspecto fundamental de la naturaleza humana: nuestra insuperable inclinación a interpretar y a construir ficciones alrededor del caos y la aleatoriedad. Una de las obras de teatro más importantes escritas en español (acaso la más) reza, entre sus muchos y muy memorables versos: “que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”. Es la declaración desesperada de Segismundo al descubrir (lo cree, equivocado) que sus vivencias recientes como heredero al trono de Polonia fueron “soñadas”. Se trata de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) y esa idea tiene eco en otras muchas obras de variados géneros escritas en el mundo. También lo enunció William Shakespeare, acaso el dramaturgo más famoso de la historia, en el monólogo de Jacques de la comedia As You Like It: “All the world’s a stage and all the men and women merely players” (El mundo entero es un teatro, y todos los hombres y mujeres, meros actores).

Hay ejemplos más modernos. “La vida es un cabaret, mi amor” le canta y responde Sally Bowles, la protagonista de Cabaret, a su “paranoico” novio preocupado por la política en medio del ascenso de los Nazis en la Alemania de la década de 1930. Un mensaje claro del dramaturgo Joe Masteroff, quien a su vez se basó en la novela Goodbye to Berlin (1939) de Christopher Isherwood: el cabaret sirve para olvidarse del mundo real y burlarse de él, pero antes de que logre separarse, el mundo real lo alcanza de la más brutal manera posible. Estamos condenados a construir historias para entender el mundo, que, quizás, no necesita ser entendido porque es un mero accidente. 

Lo dijo, también sin verbalizarlo, Carl Sagan, cuando reflexionó sobre la existencia humana a partir de la fotografía de la Tierra tomada por la sonda Voyager en 1990. En la imagen se veía un lejano y minúsculo punto azul donde “todas las personas que amas, conoces, de las que escuchaste alguna vez, cualquier humano que existió, vivieron sus vidas (…). La Tierra es un pequeñísimo escenario en un vasto teatro cósmico”. Que en el enorme universo, el planeta Tierra no sea apenas más que una manchita azul, no implica, sin embargo, que nuestros anhelos sean insignificantes. Somos seres con hambre de historias porque de ellas depende el sentido de nuestra propia existencia. Y, de manera curiosa, lo importante no es la historia en sí misma, sino lo que nos dice sobre nosotros.

La antropóloga estadounidense, Laura Bohannan, por ejemplo, documentó en 1966 cómo al relatar la trama de Hamlet entre los Tiv en el África Occidental, estos la interpretaron a partir de su propia visión del mundo, alejándose de lo que cualquiera en Inglaterra o Estados Unidos habría considerado como la interpretación correcta en tanto “universal”. Hicieron importantes observaciones sobre el parentesco y consideraron como una posición válida y lógica la unión de Gertrudis con Claudio; entre otras, como la refutación de la existencia de fantasmas y la explicación de la locura de Hamlet a partir de brujería. Una novela u obra de teatro siempre tiene la posibilidad de ser interpretada de una manera distinta a la de su propio autor o la de un grupo social específico, pues el contexto del que la interpreta también importa.

La literatura es el arte por excelencia para transmitir conocimiento, es un documento esencial para leer una época, un contexto social, un sistema de pensamiento y un conjunto de ideas – o revelar otro a partir del contraste de interpretaciones, como en el caso de los Tiv. Una buena novela es capaz de pintar, sin necesidad de explicitarlo, una dinámica social compleja. Sirva como ejemplo Goodbye to Berlin, pues Isherwood la escribió a partir de sus vivencias en la República de Weimar.

La literatura también es capaz de producir un diálogo directo con el lector y hacerle saber que, como bien sabía Segismundo, “toda la vida es sueño”. Uno de los recursos para lograrlo es la metaficción o narrativa autoconsciente: esos guiños que los personajes le hacen al lector para notificarle que saben su condición de inventados. Un recurso que desdibuja la frontera entre lo real y lo ficticio. Ejemplos hay varios también: el Quijote de la segunda parte cuando descubre que hay una primera que narra sus aventuras; o Bastian, el protagonista de La historia interminable (1979) de Michael Ende, en la que lee un libro con el mismo título en el que se cuenta su propia historia.

No obstante, el teatro tiene una cualidad única que escapa a la literatura, y está en la parte fundamental de una puesta en escena: la actuación. La importancia de este elemento no es sólo el obvio: que sin ella no hay teatro, sino que es una actividad que implica un ejercicio continuo de comprensión y resignificación de lo que escribió el dramaturgo, y va un paso más allá porque implica darle vida a un personaje por medio de lo que Konstantín Stanislavski (1863-1938) llamó el proceso creador de la vivencia y la encarnación, el cual consiste en una serie de técnicas y ejercicios de imaginación enfocados en no hacer como que se hace, sino hacerlo. Actuar consiste en vivir de verdad (en el estado psicológico) lo mismo que vive el personaje plasmado en el papel. Es por ello que el teatro supera, de una manera única, la dicotomía realidad-ficción, porque crea un espacio liminal (en el que el actor no es plenamente sí mismo ni plenamente el personaje) que, en este entorno, se nombra bifrontalidad.

Y en el teatro se utiliza también la noción de convención, en la cual todos (actores y espectadores) acuerdan de manera implícita entender de cierta forma algo. Por ejemplo, que hay una cuarta pared que separa la escena de los espectadores, como si no existieran; o los apartes o soliloquios, en los que un personaje dice en voz alta lo que piensa sin que lo registren los demás personajes, aunque todos lo escuchen. Vale la pena reparar en que las convenciones no son sólo teatrales, pues están presentes en todos los ámbitos de la vida en sociedad como reglas y van desde lo más básico como el saludo de cierta manera hasta los roles sociales. Y son, por supuesto, inventadas, producto de la imaginación. Advertía Ortega y Gasset en Ideas y creencias (1940), que las creencias (cosas que damos por hecho y ni siquiera sabemos que no cuestionamos) son ideas que se anquilosaron largo tiempo y dieron estructura a nuestra realidad, de modo que ya no somos conscientes de que fueron también inventadas, pensadas. 

Pero estos son solo ejemplos de cómo, mediante sus obras, los artistas nos recuerdan (y se recuerdan) una y otra vez que somos seres necesitados de narrativas y significados, fundidos en la fantasía sin saber la diferencia entre lo que vemos y lo que es. Esto no significa que nada exista y que todo sea relativo, pero sí da cuenta de cómo somos incapaces de deshacernos por completo de nuestra propia historia cuando analizamos un hecho social o un evento cualquiera. Lo resume muy bien el principio de Thomas: “si las personas definen las situaciones como reales, éstas serán reales en sus consecuencias”. Conviene tenerlo presente de la manera que enunció Calderón de la Barca en la voz de Segismundo: “pues que la vida es tan corta, soñemos, alma, soñemos otra vez; pero ha de ser con atención y consejo de que hemos de despertar deste gusto al mejor tiempo; que llevándolo sabido, será el desengaño menos; que es hacer burla del engaño adelantarle el consejo”. La realidad no supera a la ficción porque ya es ficticia. 

Fotografía por Fernanda Gutiérrez // Revelado y escaneo en Foto Hércules