La lengua del mudo

Epifanías en medio del martes. Aunque más bien, no recuerdo qué día. ¿Qué es lo que sí recuerdo? ¿Epifanías? Un sueño tras otro tras sí mismo tras el fin, pero todo es estático. Gritos, cantos, llantos y onomatopeyas aquí y allá, pero todo es estático. El gato aparece entre las sombras desde el súbito movimiento que es captado por mis ojos ciegos. Entonces los abro y ante mí el horizonte el suspirar lejanías. ¿Qué me tratan de decir todos los rostros que alcanzo a ver? ¿Y los que no? Qué cansado estoy, consumo. Ir a tal parte ir a ninguna… lo cierto de todo esto es que ya no quiero escribirle a nadie. Me sentencio a que así sea. Qué cansado estoy, espera. La explicación es meramente una mancha, nada más. Ya no le escribiré a nadie. Motivos faltarán o sobrarán, da lo mismo. He roto los espejos. He alzado un vuelo del que no regresé más. He abandonado la estabilidad huérfana en busca del padre y la madre caos misterio. Y sé, aunque no debería, que el precio es justo. La eterna búsqueda del hombre. Tanto tiempo y tanta vulnerabilidad. Nada perdura más que la nada. De aquí podrán resultar metáforas estúpidas e innecesarias. Si se puede evitar, mejor. Si no, se testifica a sí misma la sentencia. Ya no le escribiré a nadie. Mientras pasa el ruido del motor de un viejo automóvil, inadvertido, invisible, ruidoso, breve, instante, y después silencio, olvido, y todo lo que conlleva el hecho de que ya pasó, me doy cuenta de que yo mismo soy ese ruido. Es esta la vida. Es la creencia. Una mancha en la memoria, nada más. Puede ser profunda, puede no haber ninguna. El inconsciente trajinar. Mañana, cuando no pase nada. Canto y bailo nada, al aire, al viento, a la noche, a la oscuridad, a la lengua del mudo, y así, me voy convirtiendo en cada una de estas cosas. Inconsciente. Mañana, cuando no pase nada. Aunque más bien, qué sé yo.

Fotografía por Marc Gassó

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