¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Desde hace tiempo, la inmensidad me provoca una sensación extraña difícil de nombrar. Hay algo en la relación que tiene mi cuerpo con los espacios abiertos, con los contornos indefinidos, en ese encuentro entre lo pequeño y lo infinito, me generan una mezcla de liviandad, atracción y vértigo.
Esa sensación fue el punto de partida para reflexionar mis últimas fotografías como una manera de abrir un diálogo con la inmensidad. Trabajé el espacio como un personaje más en la fotografía, que sostiene la presencia del cuerpo. Esta posibilidad surgió a través de un taller de autorretrato, que me permitió explorar mis imágenes desde una relación mas consciente entre mis emociones y la narrativa que quiero trabajar.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
El autorretrato es la base de mi trabajo, pero con estas últimas fotografías sentí que me pedían salir de los lugares comunes que había construido de mí mismo, suelo recurrir a la fragmentación para contar historias. Por eso, traté de romper con esa imagen conocida, casi ensayada, que había aprendido a mostrar. El primer paso fue preguntarme, ¿qué me incomoda?, ¿qué parte no estoy mostrando?
La fotografía se transformó entones en el espacio de la revelación y el tránsito. Una herramienta para confrontar y evidenciar los aspectos que no se veían. El autorretrato paso a ser una forma de escucha, hacia el cuerpo y las emocionas, aquello que permanecía en silencio pidió ser revelado.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Las palabras que aparecían era inmensidad, silencio, naturaleza. Pensaba en el cuerpo como una frontera.
¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Algunas conversaciones del taller de autorretrato funcionaron como detonadores emocionales y visuales. Escuchar como mis compañeras se narran, me hizo cuestionar desde donde me estaba mirando. Estas conversaciones han nutrido mi forma de hacer fotografía, y me empujan a reinterpretar mis silencios, a nombrar las cosas que han permanecido al margen y mostrar todo este aprendizaje frente a la cámara.

En el apartado musical, Tamino fue una compañía permanente. Su voz melancólica creo el espacio emocional adecuado para acompañar esta serie de fotografías.
¿Qué artistas visuales te inspiraron y qué te atrajo de su forma de trabajar?
Descubrí recientemente al fotógrafo Junichi Hakoyama, cuya obra me inspiró a jugar y establecer mi propia relación entre el espacio y el sujeto. En sus imágenes, el entorno no solo actúa como un fondo, sino como un amplificador de emociones, una guía y un soporte para el personaje, una alteración del ritmo visual que focaliza la acción y la expande.

Me interesó cómo logra que los espacios dialoguen con el cuerpo, y como construye una tensión visual con su composición: con negros muy saturados, y luces que en lugar de resaltar la soledad, rescatan la contemplación y la presencia; el cuerpo se resiste a diluirse en esos espacios.

Fotografía para entender(se), explorando el silencio, la infancia y la identidad a través de su propio cuerpo.
