Extremaunción por catábasis (metafísica de las coléricas)

Lo erótico no es la revolución, como quería Boris Vían;
la verdadera revolución es la santidad.

–Hilda Hilst.

Camino sobre la tierra firme. Obbatalá me sigue. Tierna, enviciada de fe. Mi tierra agujereada que aún me sostiene, que espesamente hace crecer los frutos que hoy toca mi boca y se deshacen en mi saliva ácida (alabanza del instante). Bajo el haz de la muerte mi deseo oblicuo me escupe en la cara. Lujo, elogios, reputación y afecto no valen nada. Tengo que deshacerme porque el sofoco ya no cede. Ya nací matada. Ya traía el epitafio en la frente. Despedazarán mi cuerpo para hacerlo dinero. Pa-piel moneda. Necrovalor. Basta abrir una bolsa de basura para comprender el orden cósmico. El Tao resumido en las paredes deformes del neopreno, la mística de las santeras: hallarán restos de juguetes de plástico, plumas ensangrentadas, cantos ignotos de ballena, toda una lengua para la premura, un nuevo tantra, media quijada de un hombre o de animal, panales de huesos, sueños cimentados, miel coagulada, cucarachas copulando y una infestación de demonios suaves y filosos. Desenterrarán la fuerza de la muerte y los insectos inventarán un ritmo en su aleteo para predecir la catástrofe. Me desnudo lenta y escurro ante mi propia atrocidad: una herida en el costado, la acaricio orgásmica articulando mi éxtasis. Fuí parida por aquí, rechazada por mi madre y mi piel pudriéndose en su leche / amamantada de la carroña de Dios y piras de aguardiente, esta fiera conocida, la madre que se divierte ahogando a sus hijos quitándoles la mugre hasta sangrarlos. La tela vieja y el glitter descienden de mi piel llagada, me invento un nombre para esta dimensión de las caricias. Lo que miro de mi cuerpo está entero y entonces sé: quien dijo que el sexo vende es porque no conoce el valor monetario del miedo.

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Todo como es arriba es abajo. Cada masacre perpetuada asolando mis poros/ mi espíritu con la fuerza de los mares vive en el cosmos: quizás como galaxia atormentada o un planeta no nombrado. La primera letra del Libro del Esplendor no es la primera en el alfabeto hebreo, aleph (?), que representa la unicidad de Dios, sino la segunda, Bet (?). Bet es un puente: la sacudida inicial de un reino etéreo al que no pertenezco. Una perturbación divina o una perturbación de lo divino; exiliada, migrando permanentemente con una corona de espinas, el
desencadenamiento de una atmósfera en trizas. Cuerpo Dios: conecta el inframundo con el edén. Mi cuerpo es ?, mi cuerpo es Bardo. Periférica, zurciendo el valle con la metrópoli, la penitencia con el pecado y la lucidez con la psicosis de una era. Uncida tanto a la muerte como a la alegría. Estoy atrofiada de polos, esquinas, meridianos, fracturas, rezo para seguir desencajando del mundo, para no encontrar mi origen. Mi Dios al cuadrado que no me protege y al que ya no me encomiendo porque lo divino está más allá de lo que podemos concebir como grande y más allá de lo que podemos concebir como pequeño, más allá de los límites binarios y la polaridad, mujer-hombre, blanco-negro, vida-muerte, más allá de esa línea sangrante trazada por el colonialismo, trascendiendo lo interno y lo externo. Dios es la mente que domina un cuerpo cósmico. El misterio puede ser un colmillo, la suavidad de los quelites, una cierva, los restos de una muñeca de petróleo, un beso y sus ecos la voluntad de lo divino es tan soberana, tan libre, tan él mismo o ella misma, que pudo haber elegido encarnarse en un asno. Ruah. ¿Debo creer, por ser mujer periférica, que no habría de hablaros de la bondad de Dios, habiéndome sido revelado al mismo tiempo que era su voluntad que fuera conocida?

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La madre se ve a sí misma en su creación que es ella pero al mismo tiempo es ajena. Ve lo que más le asusta de sí misma en él: la desnudez, el llanto, la fragilidad, la vulnerabilidad. Lo ve y lo rechaza. Dios: una madre que se alimenta de sus hijos y los toma como ofrendas/ muerde sus arterias y hace gárgaras con sus ríos; haciendo filigrana con el cordón umbilical, rompiendo todos los lazos que los unen (a Dios con su humanidad y a nosotras con lo divino). Tu Diosa que reniega de ti, te mata y te lame, te mata y no te olvida, insiste cínicamente en tu nombre, tu cadáver es sólo un testimonio visible de su capacidad de crear. (-Esta pequeña bestia desdentada que ha de hablar mi única lengua: el rechazo elemental.) Esta ecografía que fui y más bien terminó siendo un croquis hacia los mansos presagios de aquello en lo que me convertiría después: un bello cadáver. Me siento sola constantemente mas no indefensa porque si yo contra dios quien contra mí. Se me caen los rostros y de nada me sirvió la belleza o la juventud para no hincarme ante mi propia horripilancia (aún así tengo las rodillas siempre cenizas). Estoy sitiada, tomada por los parajes de un mundo consumido en su autofagia. El rito prometeico de la autodestrucción ensambla cuidadosamente una danza nihilista hacia el metaverso, la fuga última de la realidad. Y nada me basta. Ninguna conciliación ni ningún arreglo. Ni la ropa, ni los pantalones, ni el glitter. No puedo seducir a la muerte. Si yo pudiera salivarle el vientre, sembrarle mariposas en las comisuras de la espalda, recargarme en sus muslos hasta olvidar mi idioma; no hay punto medio entre ella y yo porque somos la misma. Aquello que temes te domina, lo ves en todos lados, te sigue. Yo me hinco para que me bendiga, yo le rezo para que me alcance, y le bailo para que me cargue en su lomo arteriado hasta el nacimiento de los astros.

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Había brillo y toda una orquesta, todos vestidos de la forma más elegante, apestaba a cigarro y el perfume suave del alcohol impregnaba el salón. Yo tenía siete años a lo mucho. Una pausa. Silencio. La primera nota destroza la paz y luego ella. Con su franja blanca en el pelo y sus ojos profundos, moviendo las caderas. Nada más. Nadie hablaba, nadie baila a su alrededor. Es el centro del mundo y ella lo sabe. Se revuelca en el suelo y está en un trance y es un animal y una princesa. Fruta extraña. Hace un rito e invoca algo que ya la habita. Desde la sala de mi casa en esa televisión redonda con servicio de cable conocí a Tongolele y me cambió la vida. Éramos tan diferentes, ella rodeada de lujo y con un cabello que imaginaba suave, yo, con el fleco tuzado por mis tijeras escolares. Ni siquiera desee ser como ella, ¿tú? ni se te ocurra. Cuando te asignan un lugar en el mundo el sistema lo hace tan bien que ni se te ocurre soñar tonterías. Hay cosas que sabes que son demasiado distantes o demasiado estúpidas incluso para ser una fantasía guajira nada más. No me atreví a fantasear con eso. Ella siguió bailando y yo al lado de mis padres, como siempre permanecí en el silencio que acostumbro, donde no le dejo ver a nadie mi mundo interior ni sospechar de lo que ahí comienza a gestarse.

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Soy mística por accidente, porque he visto gente morir y he visto gente nacer, porque he visto cómo los precios suben, mis seres queridos quedan en la pobreza o nunca salen de ella, la noción de familia me aterra cada vez más, la manada me llama, volví cada noche a casa entre altares a Malverde y le temía, me apuntaron con pistola. Temí a Dios y luego lo encontré en otras cosas y lo amé fieramente. ¿Cómo olvidar mi mortalidad si me acecha? ¿cómo integrar mi finitud y reconciliarme con ella? Vivo al límite, coqueteo con ella, me rosa los bordes, me acuna. Cómo desconocerla si me amamantaba de su leche negra, y yo, artérica me retorcía y con sus trancazos me hice hosca. No tengo nada y ya no es una queja, soy una divina asceta, una diosa de orina y espanto, mi numen está escondido entre la mugre de mis uñas, i’m not a nepo baby, baby, I’m a necro baby, baby.

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-¿Qué es lo que quiere?
-Bailar.
Le dije al dueño del bar que me veía con cara de ¿tú? ni se te ocurra.
-Pues no pierdo nada. Y me dijo que sí.
Así empezó mi aventura como cabaretera. ¿Fue la Tongolele grabada en mi cabeza? ¿Fue Ninón Sevilla con su carisma coquetísimo? Quién sabe. Había mucho de bello y más de lo prohibido. Me da miedo mi cuerpo, me da más miedo mi cuerpo con poca ropa y que otros lo vean. Algo en el universo se mueve cuando lo haces. Como si por un breve momento, a lo mucho 5 minutos en el escenario, tu cuerpo fuera completamente tuyo. Eres tú, una canción que te encanta y tu fantasía prohibida de ser deseada. Tú, la ropa que hiciste con silicón y una máquina de coser que medio funciona, tu maquillaje barato, tu belleza hecha de prótesis, un yo que tú misma fabricaste, ingeniería identitaria. Aquí y ahora todas las veces que has bailado en la regadera y cantado en tu cuarto, usando cortinas como vestidos está aquí para que todos lo vean. Eres el sol negro de esta noche, el astro de una era. Afuera sigues siendo nada. Carne de brasa. Pero aquí te perteneces entera, nadie te puede hacer daño estando tan fieramente vulnerable. ¿La adoración, el deseo externo? Eso es un pretexto. Una utilería, si le quieres poner un nombre. No les estás mostrando tu cuerpo, les estás demostrando que pueden desearlo y que es decisión tuya que lo hagan. No, nada en el mundo se compone. La canción se acaba y los aplausos se difuminan. Todo regresa a su orden, el agua sigue igual de agotada, tu tristeza sigue intacta también, pero tienes algo diferente en ti, más o menos una certeza de haber roto una noción fundamental o una fuerza dotada de ignominia: la potencia secreta que regalan las herejías una vez cometidas.

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Soy horrorista. Mis apuestas políticas no están con la belleza. No pretendo consolar a nadie, ni a mí misma. No creo que hay porque anestesiarse ya que eso causa más dolor. Hay que encontrar las causas profundas de nuestro sufrimiento, pero nadie está listo para perder, tampoco para ser vulnerable. Si pudiéramos reconocer que aunque el duelo perfora nuestra tierra y nuestros cuerpos también la vida está disponible para nosotras, seríamos más lúcidas, pero nunca vamos a mirarlo si estamos demasiado distraídas, adictas o exhaustas. Y eso no e precisamente hermoso, ni fácil. La moral estética blanca sólo nos quiere vinculadas a la belleza, a lo bueno, a lo que tiene futuro, quién tiene tiempo para lo fracasado, para la decadencia preciosa de un pistilo o de un aroma. Cuando nos atrevamos a mirar que la muerte es segura y el miedo también podremos hacer un vínculo erótico con lo que nos rodea. El capitalismo escenifica tanto el duelo como el morir en escenas gore como dijo Sayak Valencia y representa cierto tipo de cuerpos en un tipo muy específico de condiciones de muerte. ¿Cómo te imaginas al morir? ¿Rodeadx de flores, rodeadx de amigxs cantando un suave adiós? ¿en un accidente o lanzándote de un barranco? También la muerte es un horizonte de deseo y la manera en la que imaginamos que podemos morir determina nuestra vida más de lo que pensamos. El colonialismo gore ha sembrado una mitología de la muerte donde a cambio de la gloria está el exterminio, donde no tenemos dignidad ni siquiera al morir.

Las creencias son una herramienta para lograr efectos. Y lloro y lloro porque no estoy lejos de la precariedad para nada, porque esas fantasías mortales están muy lejos de ser solo un concepto, son como una navaja que te apunta, si te mueves demasiado te la clavas. Parece que no hay para donde mirar y asusta. Me doy cuenta de que lo más difícil de mi lucha es precisamente dejar de luchar, parece imposible dejarme estar feliz, dejarme estar en paz. Hay que habitar los horizontes políticos y de la utopía AHORA. Si luchamos por el descanso,
descansemos. Si luchamos por el ocio, miremos con más atención las aves. Si luchamos por la libertad de amar, amemos más allá de nuestros propios tabúes, restricciones y expectativas.

Hay que salir del campo de batalla y de la idea mesiánica de que le debo algo a alguien y de que nací para morir en las condiciones más atroces y aún en la miseria del espíritu. Yo me rehúso fieramente a hacer de la carencia una forma de vida porque no soy una miserable solo por no caber en los ideales del mundo. Integrar mi potencia de muerte me ancla a las partes más vitalicias de mí que necesito para atravesar este presente desgarrador.

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Dicen que lo primero que hacían las personas esclavizadas al llegar a tierra después de insufribles travesías en el mar era bailar. Estudiaban la tierra con el cuerpo y la hacían suya. Como la concejala mazahua Magdalena Duran García dijo: Se reza bailando y se baila para rezar. Danzo cabalgando hasta mi éxtasis que es mi exterminio. Cuando un niño está asustado o herido va hacia su madre para que le ayude. Pero el Dios de los blancos es una madre incólume. No se puede decir que sea despiadada porque para eso habríamos de importarle. Sólo no nos reconoce, nos ha olvidado, no hay ayuda, no hay compasión. De la misma manera que pasamos cada día a lado de los mismos extraños en la calle. No tiene la suficiente relevancia. Por eso danzamos, para que nuestra potencia anidada en los guardianes de los puntos cardinales cobre vida, para que el cieno seque, para que la amapola florezca; para llamar a algo anterior a nosotras que palpita y carcajea desorbitada en nuestro gen de la piel que todavía es pelaje. La divinidad es una dimensión cósmica de la vida y es una forma de organizar el mundo. La divinidad es un efecto mariposa: yo aleteo herniada (magia del caos).

Haraway decía “prefiero ser un cyborg a ser una Diosa”. La idea de Dios como la pensamos en occidente tiene imbricaciones tremendamente coloniales y esa noción está atravesada por la herida que todavía adolece y compromete el presente que nos dejó el cristianismo. Dios todavía puede ser un cyborg. Un ser articulado desde el lenguaje y habitado con el cuerpo que sirve a los intereses de la liberación. Para la blanquitud la espiritualidad no es relevante porque su religión (en la que creen consciente o inconscientemente pero de la que se benefician de forma directa) ha conquistado el mundo y el lenguaje universal. Para las subalternas es urgente reentendernos a través de otras deidades porque la idea de lo divino ha sido cooptada, polarizada y arrebatada de los imaginarios racializados. Se es erótica porque se es santa, y serlo está lejos de las ideas de castidad y de la blanquitud. Ya no somos diosas pero somos divinas, somos místicas, xenomísticas, abandonamos la idea no solo de la humanidad sino de la terrenalidad. ¿Qué nos dice que en la periferia sea más común el culto a la Santa Muerte? ¿por qué se adora con fervor lo que se tiene tan cerca? ¿qué de eros hay en ese culto? ¿qué nos dice de la vida y de su vida en particular? Reencantar la vida para amarla, reencantar el cuerpo para sanarlo, para interrumpir el trauma generacional, recuperar el rito, la sacralidad de la vida como bardo es dignificar la muerte, lo cual implica morir de otras maneras y en otras condiciones. Descolonizar a Dios es encarnar horizontes de poder.

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No hablo de Dios y de la muerte en vano. No lo hago para llorar ni para lamentarme, no soy una pobrecita esperando que el mundo cambie, que la vida se le acomode, no quiero el bienestar blanco de tener todos los servicios de streaming y poder pagarlos a tiempo cada mes. Quiero otro tipo de riqueza, de esa que no hay que luchar para tener, basta con reconocerla. Me fugo de la humanidad, de la femineidad y constantemente juego con ella, la arrastro, la estiro, me burlo de ella, la satirizo, la abrazo, la contradigo, la babeo y es mi mejor arma y mi más grande enemiga. Me hurgo hasta el fondo. Encuentro en mí una complejidad preciosa, no me entiendo. Soy un páramo de cacharros y joyas, cosas que parecen oro pero no lo son. Cosas genuinas, calma, tersura. Esto no es un lamento, es un canto de elevación de mi condición de impermanencia.

Voy a morir. Suena una campana.
Voy a enfermar, si no es que ya lo hice.
Esto es una alabanza antifuturista.

Vamos a morir, qué alegría. Vamos a morir juntos y lo estamos haciendo. Lo llevamos haciendo más de 500 años. Comunidades afectivas alrededor de la muerte. Mi cuerpo decae, y por eso lo desnudo. Mis ojos, mis diamantes, mis úlceras, mis joyas, mi insomnio, mi patria y que delícia portarme, saberme mía, saberme rica, llena de bienes inexpropiables. Me querían despojada de mí misma y aquí estoy. Alegre, entera.

Voy a seguir perdiendo y quedarme sola.

Formo comunidades, algunas resisten conmigo, otras se mueven y parten. La separación es un fenómeno natural. La soledad es la riqueza del ser. No me aflijo. Envejeceré y todo lo que amo desaparecerá. El mundo me enoja y antes me revolcaba, por horas, imposibilitada para moverme o comer, demasiado aterrada como para dormir y tener sueños de ternura. Ahora me celebro, porque a pesar de todo sigo viva y adoro a mi muerte con un altar precoz de danzas arritmicas y rezos errantes. Entre el deslumbramiento atroz de cientos de imágenes que nos miran. Voy a morir. Traigo la sentencia en la sien. Hago las paces con lo que me ahoga y eso, sólo eso, me ha permitido amar en toda su complejidad aquello que me importa. Reconocer la finitud es ahondar en la propia capacidad de componerse desde la alegría.

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Los árboles del sur dan frutos extraños. Me paro frente a todos, me miran. Sangre en las hojas, sangre en la raíz. Quiero esconderme pero camino con los pezones como pistolas. Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur. Acaricio mi piel áspera frente a todos. Carne que palpita, carne para amar, carne para odiar. Fruta extraña colgando de los álamos. Tiemblo. Estoy vulnerada. Podría correr. No lo hago. Me arranco una prenda y escucho jadeos. Escena pastoral del sur galante. Aquí muestro mi cuerpo en mis términos. Allá afuera en los periódicos los ojos abultados y la boca retorcida. De formas indignas el dolor es espectacularizado. Aroma de magnolias dulce y fresco. También yo en un trance veo mi cuerpo entre el brillo, respiro. Estoy terrible y amorosamente viva. Entonces el olor repentino de carne quemada. Sí, este es mi numen, mi culto a la opacidad, pongo el pecho para recibir las balas igual que para las caricias. Carne que decae, carne que insiste. Miren mi cuerpo, véanlo gozar y destruirse. Les coqueteo a ustedes mientras coqueteo con la muerte. Aquí hay fruta para que los cuervos arranquen. Tengo la bonanza indómita de los astros. Para que la lluvia reúna, para que el viento sorba. No temo mi situación de sideral. Todos ahora me desean. Quieren poseerme. Para que el sol me pudra, para que los árboles me tiren. Fruta ya madura de mi era. Aquí hay una cosecha extraña y amarga. Carne para la fosa, carne que ama y en el intento se despelleja.

(Se apaga la luz.)

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Mi muerte es Bet. Mi erotismo es sacro. Morir me conecta con mi cuerpo porque me rompe el corazón estar viva. Soy un puente, pequeña fronteriza. Uno lo de arriba con lo de abajo con una terquedad casi muscular, porque cartografiar la tanatogénesis es parte de la sanación cósmica: si decapitada o desdentada, si enmudecida o por picadura de escorpión. La amenaza es constante y el problema no es morir sino las condiciones en las que lo hacemos. A veces son silenciosas, una enfermedad, hipertensión, tristeza, cáncer y otras veces son escandalosas y no voy a nombrarlas, pero no hay que olvidar ninguna. Surco mi época antroposcénica y obscena de finales con la gracia de un reptil. Me estudio con la paciencia de un sabio que mira el monte y también quiero entenderme con la desesperación de un niño que llora por una sonaja, me río con la paz de los cetáceos. No vine a conquistar corazones, vine a romperlos. Secreto un maná que beberé para hablar profecías. Nada valen mis proezas. Andar ornamentada hasta amoratarme es solo una procrastinación de las sombras, el lugar al que realmente pertenezco. Un pretexto. Pero las incandescencias indican más peligro que salvedad, lo sé. El horror no colapsará mi aorta, mucho menos mi latido, por eso a ti que miras te bendigo: serás temor en defensa de las jadeantes. Probarás a Dios en las cosas diáfanas y te dirá Felicidades por tu destrucción, felicidades por tu destrucción. Tu danza es teúrgica y urgente, una plegaria es también una cópula. No olvides tu composición atómica: lupus. Anda con la clarividencia de un cerbero. No te sueltes, rema y consuélate trenzando lo que quede, sea carbón o niebla. Ten cuidado con lo que refulge, no confundas por precioso lo que está mejor siendo carroña. Avanza convencida en tu sustancia.

El gen de Kali existe en nosotras. La biología última de la Coatlicue es también la nuestra, gemelas ferales. Ser sensual es manifestar presencia en cada cosa que uno hace. Desde amar hasta probar un bocado de fruta. Afírmate divina, abandona tu guerra y ya al morir sigue la senda con la frente en alto con las cicatrices de lo mutilado siendo amadas. No pierdas tu dulzura, no pierdas tu dulzura, insiste. Percíbelo todo en su sacralidad. Todo es producto de
tu mente.

Mantén la calma, recuerda tu lengua. Habla cada idioma que sabes o ladra y honra a tus ancestros. No temas. Todo es ilusorio, proyecciones del miedo de los demás. Atestígualo todo como un sueño que para los hijos rotos está hecho el maremagnum de las tinieblas. Y grita. Ríe. Convence a cada nébula de que viviste. Perforaste las comisuras de una masacre que nunca pudo dominarte.

Fotografía por Alexandru Paraschiv