La parte que más miedo me da
es la hoja en blanco.
De pronto, llega una carta,
una despedida
que, a los días, se convertiría en llamas:
un papel marchitándose,
llevándose consigo
lo que alguna vez estuvo vivo,
encendido.
Hoy solo queda esta hoja en blanco.
Puede ser que me haya detenido en llenarla
para evitar mis inicios,
lo que representan:
el miedo profundo de habitar un anhelo,
hacerle frente a la represión,
soltar la resistencia
y permitirme comenzar desde aquí
con un juego,
un sí,
una palabra
y completa rendición.
Es del fuego
del que me había estado ocultando,
porque es el fuego el que les asusta:
las llamas altas,
el ardor que deja en el alma,
sobre la piel.
Quiero escuchar esa voz escondida
en ese espacio pequeño donde la puse,
que cada día grita
y se asfixia
en una profunda tristeza.
Fue el fuego el que me trajo hasta aquí.
Creces pensando que esas
revoluciones internas,
incendiarias, tan profundas,
son destructivas.
Eventualmente se convierten
en tu propia y más
grande incomprensión.
No te reconoces
hasta aquí.
Y en su incomodidad,
frío glacial,
el evitar sentir
no cabe más
en tu propia sequía
y evasión del placer.
Desafiando al fuego,
conteniendo lo que está
hecho para crecer,
expandirse,
llenar
y colmar
los espacios
más fríos.
Un fuego que se contuvo
en silencio
deja en sus brasas
dolor y vacío.
Pero dejé de estar en guerra,
aprendiendo a tocar,
a reír con el vientre,
a hacer de la destrucción
un círculo creador,
fogatas de placer.
Colocarse frente al mundo.
Ir más allá.
Traspasar las propias fronteras imaginativas
y crear una trascendencia propia.
Donde la palabra siempre nos hizo libres,
hoy ardo en verdad.
Se va contigo
la que escondió su fuego para no incomodar.
Y en las constantes
están todas mis inconstantes.
Les hago espacio para existir,
para fundirse entre ellas,
dulce fuego abrasador.
Los escombros del diario
mostrarán lo imperfecta que soy,
que siempre fui
y seré.
Solo el mar
tiene la fuerza
y mi permiso
de apaciguar mi incendio.

