Todos somos el malo en el cuento de alguien…
De ser posible, me comería. Mi cuerpo, tan delgado, seguro me alcanza para una serie de mordidas, un masticar breve. No puede ser tan complejo —me repito cada noche—, basta con cerrar la puerta, desabrochar el abrigo, soltar la cadena y quitar el bozal.
Abandonarse es útil para conocer lo que nos hace falta, lo que se tiene que buscar. En un encuentro de iguales quiero liberar mi piel unida con grapas y sacudir mis zapatos hasta que caigan, una a una, las burlas y desilusiones.
Ya agoté las ganas en supuestos, intoxicarme sin placer, empatar las miradas con otro sin interés por requisito; imagino un elástico oscuro cosido a mi cintura que me permite y me reclama volver, más herida y apenada.
Amor.
En esta ciudad el tiempo se mide con gateos y la muerte ocurre cuando el vuelo es más alto, como las aves.
El agotamiento en el cuerpo se hace pasar por dolor; siempre encontramos mero cansancio, es el hastío de rodar cada noche y dormir junto al polvo de la alfombra, miserables, vacíos y ocultos —siempre cobardes—. Busco tu perversión por las mañanas porque me haces olvidar que soy ordinaria.
Amor, llega, por favor.
Te vas a saciar; sabía de inmersión y de lo mismo que un cubo de azúcar en los antecedentes del café. Quedé confinada a desaparecer en ti en cuatro tragos.
Ya te encontré.
En esta mesa sólo hay una silla y no fue necesario enviar invitación. En los platos hay manjares hechos con partes de lo que fui; tu ración la disfrutaste antes y en privado. La despedida también puede ser postre… Todos somos el malo en el cuento de alguien.
Fotografía por Sofía Revilla Casillas // Revelado y escaneo por Foto Hércules

Escribo para acompañar; mis textos se meten en lo roto, lo cotidiano y lo escondido.
