Cabeza de cristal

Desde mi ventana que enmarca el espacio que construí para mi, veo las formas geométricas, cubistas de tu cara. Cierro los ojos sintiendo tu lengua de fuego y tu cuerpo duro que se confunde con el sol. Llamaradas dándole forma a la nada. Pintando sombras fugaces para llenar el vacío, para alimentar la ilusión, para sentir que al menos por un instante todo esta mejor. Estamos a salvo encerrados en nuestra burbuja de alcohol, recordando, pintando un cariño efímero que mañana se desvanecerá y no dejara ningún rastro. Entonces me veré sentada otra vez dentro de mi abrazando en la noche el vacío, hundiéndome en él y tratando de quererlo porque siempre aparece aquí, porque nunca se va.

Cuando las palabras no alcanzan por que la decepción es tan grande, la fractura penetra hasta lo mas profundo del muro blanco, grueso. Ayer soñábamos en albercas calientes debajo del sol del invierno temprano mirando nuestros ojos saboreando los colores y pintándonos la mente con formas de esperanza y cariño.

Hoy me despierto en medio de la noche, agitada y con respiración entrecortada, bajo las escaleras sin saludar a los vecinos, salgo al aire frío del invierno y encojo mis hombros, intento cantar la canción que tarareábamos juntos en los paseos infinitos entre los caminos de los árboles.

No encuentro mi voz, no encuentro mi alma, parece que se esconde en algún rincón dentro de mi pecho, no se si esta arriba de mi estómago o adentro de mis sienes empujando para lograr salir.

¿Dónde está mi fuego ese que nada mas era mío y que nadie conocía, ese al cual yo solamente podía hablarle en las noches sublimes, en la hora cuando el agua se evapora de los suelos calientes porque es tiempo de empezar un nuevo día?

¿Dónde está el pedestal desde donde doy mi discurso y hablo con voz altanera ensordeciendo a la ciudad que ya está complemente dormida; pero que no para de emitir sus gemidos estruendosos?

¿Dónde está la casa donde nos sentábamos a leer refugiados del ruido de afuera envueltos en cobijas tan calientes que nos hacían sudar, empujando nuestros cuerpo uno con el otro como haciendo un baile tribal que nadie entiende, donde nosotros éramos los únicos espectadores viéndonos desde arriba?

Ahora no puedo tener la perspectiva de ver de arriba hacia abajo, ahora veo la pelusa y las pequeñas partículas de restos de comida en el piso, veo un botón que huye del nudo atorado a la aguja, veo la suciedad de lo pequeño de lo insignificante, la estela que van dejando los objetos que nos acompañan todos lo días.

Desde mi balcón que es el pedestal en el que postro para tener más perspectiva o buscando algo que está abajo, no arriba, veo a la gente pasar, transcurren como ríos. Vienen y van todos con sus mochilas , sus bolsas y una carga extra que tal vez sea el cansancio o tal vez tuvieron un mal día o incluso vienen cargando una gran sonrisa o un recuerdo de felicidad de esos que oprimen el pecho y te llenan de felicidad. Una de esas emociones selectas tan grandes que incluso se podría pensar que son muy parecidas a la angustia. Una alegría tan grande que te hace querer vomitar. Las cargas tienen muchas formas tamaños, caras, pesos, recuerdos, culpas, memorias, la gente las carga como si fueran algo natural y ahora fueran parte de todo el sistema orgánico que es su cuerpo, no las pueden soltar, porque la paradoja está en que si las sueltan podrían volar, y ¿quién quiere volar?

Fotografía: PJ Wang

 

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