Extrañar a los vivos

Hay algo profundamente extraño en el duelo por alguien que todavía respira. Es una forma de ausencia que no tiene un lugar en el cementerio, sino en la bandeja de entrada de mensajes que no llegan y en las calles que ahora se sienten como territorios prohibidos.

Es la nostalgia de lo que sigue existiendo, pero ya no nos pertenece.

Extrañar a los vivos es caminar por una ciudad llena de fantasmas con pulso. Saber que esa persona está a unos kilómetros, que desayuna, que ríe, que quizás escucha la misma canción que tú en este preciso momento, pero que el puente entre sus mundos se ha desplomado. No se trata de la pérdida definitiva de la muerte, sino de la pérdida de la voluntad, del querer estar.

El silencio no es un accidente; es una decisión sostenida en el tiempo.

Se siente como un eco en una casa vacía. A veces, por la mañana, olvidas que el muro existe y piensas en contarles algo pequeño, un detalle mínimo del día, hasta que el peso del vacío te frena la mano. Te das cuenta de que lo que extrañas no es solo a la persona, sino a la versión de ti mismo que existía cuando ellos te admiraban.

Esa es la nostalgia más amarga: la de saber que el objeto de tu afecto sigue en el mundo, evolucionando, cambiando y creando nuevos recuerdos donde tú ya no figuras ni como nota al pie, ni en su lista de cosas por recordar.

Es aprender a vivir con una presencia que solo habita en la memoria, mientras el original sigue allá afuera, bajo el mismo cielo, respirando tranquilamente sin ti.

Fotografía por Abigail Flores // Revelado y escaneo por Foto Star