La extraña misericordia de estar vivo

La mañana permanecía inmóvil entre el vidrio y el viento. Dentro, el zumbido de un ventilador susurraba contra el silencio—constante, indiferente, como el propio tiempo. Afuera, la calle brillaba con el dolor opaco de la vida ordinaria: autos estacionados, setos recortados, una bicicleta apoyada como si estuviera cansada de esperar.

Ella observaba todo desde detrás del cristal, su aliento empañando el reflejo de un mundo que era suyo y no lo era al mismo tiempo.

El café se enfriaba sin tocar, la luz cambiaba, y en ese pequeño cuarto de metal y sombra sintió la extraña misericordia de estar viva: inadvertida, innecesaria, pero innegablemente aquí.

Ella misma tarareó suavemente, como si respondiera, como si en ello naciera un nuevo diálogo; quizá era apenas un murmullo con una cadencia tierna. Pues ¿qué es una vida sino esto?, pensó: ser arrojada, ser golpeada, y aun así cantar.

Fotografía por Xiang Tiange