Carezco de energías para otra batalla. Me dejo arrastrar por el sentimiento de derrota que me amarga el paladar y hace que todo me sepa mal. Sin hambre, sin fuerzas, soy una aparición en mi propio hogar, donde mi familia hace tiempo que dejó de verme y, cuando lo hacen, es con la firme convicción de evadirme como a un insecto volador que sólo existe para molestar a otros.
Hace tiempo que no duermo en una cama y, en cambio, el sofá de la estancia se ha vuelto residencia de mis sueños, que más parecen pesadillas. Mi mujer ya no me calienta con su cuerpo; las caricias, los abrazos y los besos son ahora un recuerdo que atesoro mientras froto mi entrepierna. Temo que ella está viendo a otra persona; si no la ha traído a dormir con ella es sólo por respeto a nuestros hijos, a quienes ama.
Mis hijos, esos bastardos desagradecidos a quienes sigo alimentando mientras el peso de la realidad me comprime. Ahora solo son un recuerdo de las hermosas criaturas que alguna vez fueron. Cuando me encuentran en algún pasillo de la casa apenas si me miran, incluso podría decir que he llegado a extrañar su desdén adolescente y eso solo quiere decir una cosa: me estoy haciendo viejo o, peor aún, me estoy muriendo, y no hay nada que pueda hacer para remediarlo, solo avanzar tras los pasos de la muerte como dicta la vida.
¿Me rindo? No. Si tuviera intenciones de acabar con todo hace tiempo que lo habría hecho, en cambio ahora espero a que la suerte se ponga de mi lado.
Fotografía por Pedro Saavedra Guzmán
Librero y lector bibliómano con catorce años de experiencia, radicado en CDMX.
