Caminata matutina. Suena la sirena de una ambulancia y, al mismo tiempo, en mis audífonos el shuffle decide reproducir ¡Pum-Pum! ¡Bang-Bang! de Los Esquizitos. Ya no sé si el sonido viene de la calle o de mis audífonos, tal vez la ciudad decidió entrar en la canción. Intento tapar la ciudad con música, pero la canción empieza igual que la calle: sirenas, ruido. La música no tapa nada, se mezcla.
Camino con la sensación de estar escuchando dos veces la misma cosa. La calle imita a la canción o la canción imita a la calle. Me quito un audífono un segundo, solo para comprobar que la ciudad sigue ahí.
Ahí viene el anciano que todas las mañanas lleva consigo una bolsa de plástico negra y que parece ser un habitante más de la Alameda, de esos que incluso duermen en ella.
Sobreestimulada desde temprano; esto (como la mayoría de las cosas para mí) es una adicción. La ciudad es una adicción.
Fotografía por Roberto Alonso Galeana Guerra

