Algo acerca del mar, el tiempo y el espacio

Siempre pensé que conocí el mar hasta que cumplí once años. Antes de eso, para mí el mar era solo un montón de historias que mis papás contaban a la hora de los desayunos del domingo. Recuerdo, por ejemplo, que decían que se hicieron novios caminando por la orilla del mar de Manzanillo. Caminaron tanto que después de algunas horas, se encontraron en Barra de Navidad, una playa relativamente cercana. Caminaron tanto que formaron una familia de siete y un matrimonio que concluyó cuando mi papá murió en el año 2018.

El mar, entonces, para mí existía solo en la imaginación. En casa teníamos un librero negro que apenas se sostenía sobre unas patitas que estaban siempre a punto de vencerse y que debíamos calzar con dobladillos de papel de revista. Le llamábamos “el librerito”. Sobre él, como en muchas casas de México, una concha de mar hacía de pieza ornamental. Cuando jugaba cerca de los libros tomaba aquella concha con mis manos. Con mis dedos tocaba sus puntas y la superficie áspera que formaba patrones de colores muy extraños; veía su forma detenidamente. Me llamaba la atención que por dentro fuera lisa y suave, y de un color rosado que brillaba cuando la ponía a la luz del sol.

Recuerdo que mi mamá me decía que me la pegara al oído, que cerrara los ojos y que, si ponía suficiente atención, escucharía el mar allí dentro; como si alguien hubiera logrado meterlo, como si dentro estuvieran todos los peces del mundo revolcándose en agua salada.

Y lo hacía. Me sentaba en cuclillas cerca del librerito, cerraba los ojos y me pegaba la concha al oído. Escuchaba el mar. Las olas iban y venían, una siguiendo a la otra, como si se alcanzaran a morder los pies. Las gaviotas se escuchaban, sin que yo siquiera supiera que se trataba de gaviotas. A lo lejos, la sal del mar se escapaba de la superficie para volatilizarse en mi imaginación y mezclarse con los sueños que apenas empezaban a nacer en mi cabeza, una cabeza conectada al universo de mi corazón de niño.

Escuchaba los pasos de mis papás sobre la arena. Pasaban detrás de mí y se alejaban al ritmo de aquel mar embravecido que, para entonces, comenzaba a tragarse el sol con sus dientes de agua en el horizonte. Al final, alcanzaba a escuchar entre las olas a mi papá cantándole “Buenos días, amor”, de José José, a la mujer que, dentro de la concha, acababa de decirle que sí quería ser su novia; sin imaginar que algún día —en una mañana en que yo no fui a la escuela, lejos de aquel mar que aún no conocía y cerca del roperito que ellos todavía no compraban— su cuarto hijo los escucharía. Y que, veintisiete años después, ese mismo niño habría de descubrir que no conoció el mar a los once, sino a los seis, cuando su mamá lo llevó a encontrarlo dentro de aquella concha de mar.

Fotografía por Ilse Cabanillas