
El café a la mitad de mi taza ya está frío. He puesto más en la cafetera para tener fresco mientras busco una moneda y echo un volado para decidir si me bebo el resto frío o mejor se lo doy a la monstera de la sala. A esa pobre planta la he movido como mis calzones.
Espresso, con una mano en la cadera, justo como mi abuela hacía cuando veía que le “desordenaba” los cojines de la sala para jugar de niña, aunque era más prudente con sus palabras y decía que “ya le había dejado la sala como su cabeza”. Mi planta ha sido a quien he forzado a estar conmigo desde que dije: “ya quiero ser independiente”. He cambiado ya tres veces de trabajo desde aquel anuncio y el único que termina pagando los platos rotos es mi papá, con quien definitivamente no debería ser tan severa.
No diré que siento vergüenza, aunque así sea. Ya me tengo cansada y harta de solo escucharme hablar sobre lo mucho que duele la vida; que sí me duele pero en días como este siento que puedo recuperar hasta tres meses, solo con… dos litros de café, una hamburguesa con champiñones y una Gudu Pop azul que encontré en la bolsa de la chamarra.
Primero lo primero, inicio cambiándole el agua a los floreros. Dejo las plantas en vinagre blanco para limpiar las raíces podridas y termino con mi indecisión vertiendo el café en una cubeta que ya tenía; agua de arroz remojado, lentejas y charcos de té de la noche anterior. —A este caldo le faltan como diez pesos de agua— digo en voz alta con la confianza de que mis compañeras de piso no escucharán mi monólogo. Salieron por el puente de Día de Muertos. Yo… No es que quisiera quedarme, pero había algo entre mi pecho y la tripa que me decía: “Mejor este fin quédate”.
La cafetera me avisa que ya está listo mi brebaje negro fulminante, en lo que bajo con una bolsa de basura y las toallas sucias. ¿Será muy imprudente que lave a esta hora? Apenas son las ocho de la noche y la vecina parece que tiene visitas, no creo que el ruido de la lavadora sea un tema.
Subo, bajo, subo, bajo, volteo mi cuarto y lo vuelvo a ordenar. Queda pulcro, pero la taza que me había servido se vuelve a enfriar y me resigno a usar el microondas. Subo, bajo con la computadora y abro los archivos pendientes de mi trabajo y le pregunto a la bocina por la hora. Antes de darme respuesta, me rezonga diciendo “buenas noches” y luego entonces me da la hora: 8:45 p. m. Termina la lavadora y yo cuelgo las toallas, tropiezo con la cubeta, me salpico la pijama, pateo una maceta y ese chiquicuarto de dos por un metro cuadrado de servicio se vuelve un charco de lodo. Ni hablar… Me quito ahí mismo la ropa y la echo a lavar. Ahora sí parezco loca, loca. Olvidé que la cortina de la sala está alzada y es paso forzoso para llegar a mi cuarto. —Bendito el cuerpo de Cristo y los ojos que vean el mío—. Tomo una toalla mojada de las recién lavadas y pego una carrera hacia las escaleras.
Ya vestida de gala con mi short más cómodo y la blusa más apretada, me dispongo a no dejar rastro de mi torpeza. El patio queda irreconocible y solo bastó con pedirle a Alexa que pusiera música y un temporizador. —Si no limpio esto en menos de veinte minutos, exploto—.
Me da sed… —¡Mi café con una chingada!—. Ya recalentado y frío me lo empino. Casi como de caricatura, siento que me dan cuerda y dos cachetadas. Estoy como nueva, ya son las 9:30 p. m. y lo único que quiero es sacar mis pendientes.
Subo, bajo, subo, bajo… Se termina otro álbum y a la casa ya no le queda miga de polvo que quitar o usar de excusa para no sentarme frente a la computadora y hacer lo que dije que iba a hacer desde las nueve de la mañana. Ya no fui al parque, ni compré despensa, solo pude poner una humilde ofrenda que parece más espíritu que el fantasma de mi perro. Espero que el árbol de mandarinas que le sembré no le haya estorbado para salir a jugar un rato. Ojalá Otto venga por lo menos en sueños a moverme la cola, estornudar un par de veces y recargar su cabecita en mi hombro como lo hizo toda su vida. Murió virgen el pobre, pero eso sí, fue un perro muy consentido por mis amigos y yo. Él se encargaba de saludarlos uno por uno, como el caballero que era, en las fiestas y salía al patio a hacerles compañía cuando se echaban. Bueno, cuando querían echar humo por la boca. Otto era compa compa.
Regreso la mirada a este plano y en contra de mi voluntad comienzo a teclear. El explorador de Google se ve tentador: —¿Cuántos litros de café pueden matar a una persona?—. Cierro pestaña y me tomo con las dos manos la cabeza. Si no termino esto, voy a vivir más que mi bisabuela. Aunque claro, eso sería un castigo: vivió ciento siete años y recién falleció en junio de 2024.
Tengo el celular apagado por puros métodos prácticos. No tengo autocontrol pero tampoco quién me escriba, así que técnicamente mi consumo se reduce en ver recetas de cocina, reseñas de libros que no voy a leer, manualidades y los disfraces de Halloween de las celebridades. Tecleo y tecleo hasta que concluyo algo y un poquito de culpa abandona mi cuerpo.
Fotografía por Carlos Arturo Gómez Robles
