Esto no es un sueño

Hay caminos que tus pies reconocen, aunque tu mente los haya borrado.
No es déjà vu. Es tu alma susurrándote: “Volviste por una razón”.

Esto no es un sueño.
O tal vez sí…
Es la historia de una carretera que me conocía antes que yo mismo,
y del momento en que el tiempo dejó de ser una línea para convertirse en un eco.

Hay caminos que uno no recuerda haber transitado,
y sin embargo los pies pisan con una familiaridad que espanta.

En algún punto del trayecto, el tiempo dejó de comportarse como una línea
y empezó a plegarse como un papel húmedo.
Todo se vuelve simultáneo:
la primera vez que morí,
la última vez que dije adiós,
la eternidad atrapada en un parpadeo de polvo sobre el parabrisas.

Vi una estructura de piedra, una cruz coronando el silencio.
No recé. No era necesario.
La piedra me reconoció.
Supo que yo había estado allí antes, con otro nombre, con otra voz.
Quizás en otro cuerpo.
Quizás como sombra.
O como viento.

La Virgen tras el vidrio me observaba con la ternura con la que se mira a los reincidentes.
La imagen no bendecía, recordaba.
Como si dijera:
“Ya has huido de aquí en otra vida.
Esta vez, quédate un momento más.”

El Gremlin y la motocicleta reposaban bajo una luz que no era del sol, sino del recuerdo.
Me senté en el borde del camino como se sientan los fantasmas:
liviano, pero denso de historia.

Y por un instante entendí que el alma no viaja con mapas ni relojes:
se arrastra hacia los momentos donde algo ardió —amor, miedo o dicha—
y allí regresa,
no por nostalgia del sitio,
sino por la herida del tiempo.

Recordé entonces que las almas no vuelven por castigo,
sino por acuerdos invisibles.
Porque dejaron una palabra a medias,
una despedida sin cerrar,
una promesa que aún tiembla en la línea del horizonte.

Todo esto sucedió en un punto indefinido entre el mar y el cielo,
entre lo que fui y lo que seré.
Nadie lo vio.
Nadie lo documentó.
Pero yo lo viví.
O tal vez lo estoy soñando desde otra encarnación.

Lo importante no es saber si es real.
Lo importante es que, por unos minutos,
el tiempo se detuvo a saludar.

Y aunque el camino siguió,
yo me quedé un poco allí,
en ese doblez del tiempo,
como quien deja una parte de sí para no olvidar.

Fotografía por Alejandro Iván De León Leal