A menudo me pregunto si la vida se burla de mí de maneras sutiles, o si son meras casualidades las que me ocurren. La de hoy me hizo hablarme a mí misma y pronunciar tu nombre en público, tocayo mío.
Eran alrededor de las dos de la tarde cuando, a punto de cruzar la calle Rodríguez Familiar, cerca de la cafetería de donde alguna vez me largué sin pagar, una dama se acercó a mí presurosa. “¿No me compra un alcatraz, señorita?”, me dijo. Mi vista se posó en la canastita repleta de flores blancas y delgadas, agrupadas en un bonito ramillete, y una sonrisa amarga me identificó.
“¡Ay! No, gracias”, respondí antes de cruzar la calle y verificar que ningún vehículo me tropezara el corazón en las manos. No fue un “¡Ay!” de disgusto, sino un “¡Ay!” de lástima, de nostalgia, de deseo, de dolor.
Mis piernas se apresuraron a encaminarse al parque y, por una última vez, miré atrás en dirección a la dama de los alcatraces. “Alcatraces para ti, que estás en todas partes excepto en donde más quiero que estés”, murmuré y bajé la vista a mi mano izquierda. Imaginé que tú la sostenías, como otras tardes que salía a pasear por la Calzada de Los Arcos acompañada de tu fantasma. “Alcatraces para ti, amor mío, fantasma mío, que son tus flores favoritas”, nadaba en mi mente el pensamiento. Aguas inquietas que, del nado fantasmal, migraron a olas y a maremoto en mi almohada.
¿Cuál es tu afán burlándote de mí, vida?
¿Cuál es tu propósito restregándome en la —ya desvelada— cara a este hombre, a este tocayo mío?
Mientras cruzaba el parque con rumbo a Bosques del Acueducto, mi estúpida e ingenua mente pensaba en volver a buscar a la dama de los alcatraces para pedirle un ramito y comprártelo. Guardarlo en aguas saludables, en un hermoso florero de cristal y entregártelo en el aeropuerto cuando llegaras a Querétaro. Imaginaba tu hermosa sonrisa dibujarse ante mi obsequio, a tu hoyuelo asomarse ante la alegría, mientras yo te recordaba que las chavitas enamoradas sí regalamos flores.
No debería escribir esas historias ficticias ni hacerlas películas en mi mente embriagada de alto cortisol. Mis hormonas están hasta la madre de ti. Toda yo estoy hasta la madre de que estos días que pasan se sienten como un domingo de nostalgia. Despierto agitada por la pesadilla en la cual me compruebas mi hipótesis, en la cual me hieres más de lo que has hecho en la realidad; pospongo la maldita alarma una, dos, cinco veces y ya se me hizo tarde otra pinche vez para el jale. Pienso en ti, pospongo la cuota de cinco notas periodísticas una, dos, cuatro horas, ya voy tarde de nueva cuenta. Es redactar la nota diaria de mala gana porque sólo quiero vomitar en celulosa procesada lo mal que me hace pensarte, lo mucho que extraño tu aroma —que ya casi olvido—, lo mucho que deseo ser tu cobija en las noches y abrazarte el alma. Lo mucho que quisiera regresar corriendo con la dama de los alcatraces, detenerla y comprarle un ramo para el día de tu llegada a mi Querétaro panista y católico.
Pienso en escribirte, de buenas, un mensaje que acompañe a los alcatraces y te recuerde, de una manera nauseabundamente poética, que te amo y que aún pienso que eres el amor de mi vida. Escribirte crónicas de todo, empezando por aquella de la playa, donde me encontraste dormida sobre el camastro y llamé tu atención. Escribirle reseñas a tu música, aunque no sea muy allegada al rap, con tal de vociferarle al mundo sobre tu arte y tus rimas agresivas y críticas. Escribirte sobre lo fascinante que es percibir tu mirada embelesada ante mis carcajadas escandalosas y ruborizarme ante ti, para luego romper las risas nerviosas con un beso.
Quisiera escribirte sólo a ti mis poemas, que toda mi miel sepa a ti y a notas de alcatraz. Quisiera escribirte y amarte a ti, porque es lo que mejor se me da en esta vida. Quisiera darte lo mejor de mí junto con un ramo de alcatraces.
Pero no te lo mereces.
Fotografía por Ana Valentina Palacio.

