El día huele como lo hizo muchos otros en los que estuvimos tú y yo aquí; a tierra mojada, césped recién cortado y orines de perro.
Y el viento sopla igual de fuerte, hace torbellinos con las togas y los birretes.
“Aquí yace lo nuestro” se lee en una placa de bronce en el respaldo de una banca atrincherada por abedules.
Fue en esa banca en la que me hablaste de tus sueños y pasiones. Donde tus historias flotaban, llenas de colores vibrantes y destellos dorados sobre nosotros.
Me enamoré de ti, sentados bajo este abedul, con mis piernas colgando de las tuyas y nuestras risas retumbando en los adoquines.
En este lugar creamos miles de planes colocados como piezas de dominó bajo nuestros pies.
Aquí me besaste, mientras estaba de puntillas intentando alcanzarte.
Aquí me abrigaste con tu cobija más grande cuando estaba muy asustada para saltar.
Aquí crecimos, aquí nos hicimos grandes.
Pero aquí también me dejaste, esperándote una eternidad, con una lectura de Historia en la mano y un palacio imponente comiéndome viva.
Aquí me sentí sola, me sentí abandonada.
Aquí te esperé. Te esperé más tiempo del que había esperado nunca y jamás quise irme.
Aquí llegaste varias veces, pero en ninguna de ellas te quedaste.
Te sentí irte con la lluvia mojándote en mis recuerdos. Vi tu voz desvanecerse, ahogándose en los charcos. Te sepulté aquí.
Me perdí, caminé en círculos, caminé recto.
Aquí me encontré de nuevo, en el centro, en la Fuente de Venus.
Fotografía por Armando Belsoj.

