En carne viva

A veces me encuentro extrañando la vida que tenía antes de desbloquear tu silueta en el catálogo de la mente. Antes de saber de ti, me la pasaba paseando sin saber que quería encontrarte, sin idea alguna de que andabas por allá en el fondo y que solo era cuestión de tiempo.

Pero ahora que llegaste a mi vida, me sorprendo buscando tu rastro en lo hondo del baúl de los recuerdos y consulto las memorias de cuando no sabía que existías, aunque por ahí andabas. Ya habíamos cruzado caminos mientras mirábamos a otros lados.

Un día eras una persona en el fondo de las fotos, y ahora puedo reconocerte entre las multitudes.

Y no sé por qué me intriga tanto saberte bajo los techos y sobre los pisos donde yo también he estado, quizás queriendo confirmar que ya estaba escrito, predestinado incluso, que, aun si yo no te vi y tú no me viste en otras tantas ocasiones, un día nos encontramos porque teníamos que. Porque era inevitable.

No lamento con amargura hallarte, pero me atrevo a reconocer el sentimiento que desató tal evento como algo similar a una comezón, un escozor quizás.

Un llamado instintivo que puedes ignorar por siempre: mientras no lo veas, no lo escuches, no recuerdes que existe, no sepas que sientes. Pero que, después de ubicarlo, quema de un modo exponencial que no te deja dormir.

De pronto descubres un lado siempre sensible, que se queja de lo áspero que resulta el roce del viento y deja sellos de sangre en la tela de la ropa.

Hasta volverse una llaga que alimentas, a sabiendas de que, entre más la toques, menos sana. Una abrasión creciente que se abre como ventana a tus adentros, donde se asoma poquito tu alma, y a la que compulsivamente quitas la costra una y otra vez.

Un año en el futuro te seguirá acompañando su sombra, decorando con sus restos la mancha permanente de un remiendo improvisado, adición de orografía en el mapa de tu piel. La evidencia de que, en su momento, sentiste todo en carne viva, y ahora su huella forma parte de ti.

Fotografía por Nicholas Dominguez Gallegos.