Presenciaba tu ahogamiento, tus extremidades convulsionando, tus lamentaciones imperceptibles, parcialmente inaudibles. A tu alrededor, una habitación: amoblamiento generacional, remordimientos infantiles, pensamientos menospreciantes. Recordábamos conversaciones. ¡La cambiante naturalidad del ser! Yacías en tu excremento, asfixiándote en la repugnancia de tu existencia, en la fragilidad de tu sentimentalismo. ¿Cómo podría mirarte a los ojos? Ser moribundo, presencia paternal. Olores nauseabundos. ¡Has excavado un hoyo en mi pecho! Ser inexistente, generacional, escúchame. ¡Destrúyeme, a mí y a mis sensibilidades! Desmiembra aquello que es tuyo. Despréndete de mí, ser lagrimal. Despréndeme de tus pensamientos. Desmiembra nuestras similitudes, nuestras intranquilidades. Libérame de tus experiencias paternales, de tus inconformidades.
Forcejeabas inútilmente, ser incrédulo; llorabas como un infante. ¡Padre, tu ironía! Cuestionaba tus incapacidades filosóficas, tus deformidades temperamentales. Me levanté de la colchoneta donde yacía, recordando las veces que admitiste querer estar muerto. Imaginabas servicios funerarios: el regocijo de tu fallecimiento, el martirio colectivo de tu inexistencia. ¡Ser contradictorio! Me acerqué a ti, me hinqué a tu lado, hombre moribundo. ¿Reconoces mis ojos, aquellos que me has dado? ¿Reconoces la naturalidad de mi ser? ¿Mi ser cambiante? Tus lamentaciones pausaron momentáneamente. ¡Regocíjate en nuestro menosprecio! ¡Arráncate de mi corazón, mis pensamientos! ¡Arráncame los ojos! Acaricié tus párpados, la palidez de tus facciones; las puntas de mis dedos viajaron a tu cuello. Apreté. Nunca me dejaste de mirar.
Fotografía por Larren Lee.

Nació en la Ciudad de México el 26 de septiembre de 2005. Le interesa la narrativa lírica, habitando espacios sofocantes e introspectivos, y dando voz a personajes violentos y emocionalmente deformados.
