¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Casi desde mi primer proyecto me ha interesado la idea del tiempo como pregunta límite y detonadora de poéticas. Aunque he vivido casi toda mi vida en la Ciudad de México, Sonora es determinante en mi ser y estar en el mundo. Mucha de mi obra se inspira y se genera allá. Después de muchos años de haber trabajado con cámara digital, a partir de 2020 inicié un proceso que considero muy orgánico de hacer fotografía cameraless, primero con el proyecto No nos quedan más comienzos, Cohabitable, donde experimenté con el archivo familiar para ensamblar diferentes imágenes en un solo lienzo y seguir indagando sobre qué es el tiempo.

También, en aquellos años, el desierto me magnetizaba y, a la par, volví al laboratorio análogo con una técnica llamada carbón, que se trabaja con pigmento y que, en sus inicios, se realizaba con el tizne de la madera quemada; de ahí el nombre. Quería fotografiar el desierto, pero ese paisaje se impone de tal manera que era casi imposible hacerlo sin caer en el lugar común de la postal viajera. Fue el mismo desierto el que me llevó al carbón y, en vez de tomar una foto, la arena fue el pigmento en el laboratorio. Ahí nació El nombre que (des)olvidamos, que trabajo desde 2022 a la fecha.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
Surgieron muchas preguntas: ¿hasta dónde hemos contribuido al lenguaje fotográfico?, ¿la fotografía debe apegarse al programa de la representación por el hecho de ser una herramienta óptica?, ¿cuáles son los límites de la mímesis, la realidad y la verdad?

Aprendí que, para ampliar su lenguaje, había que prescindir de la óptica y, aun así, seguía siendo fotografía en el sentido más clásico.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Así como continué haciendo fotografía desde un lugar poco ortodoxo, el desierto ya no era solo un territorio específico con ciertas condiciones climáticas: devino en la intemperie a la que estamos expuestos todos. El desierto de lo real, dijo Jean Baudrillard.

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Sí, definitivamente. Un fragmento de la novela El huésped, de Guadalupe Nettel; ahí se acomodaron muchas ideas sueltas:

“Durante mucho tiempo viví convencida de que el desierto contenía las cenizas que los hombres habían producido durante todas las épocas: las de los cuerpos humanos, principalmente, pero también las de los incendios, las ruinas de todos los bombardeos, la basura quemada, los huesos de las ballenas; todo estaba concentrado ahí, en esas dunas silenciosas, en esos miles de kilómetros extendidos sin ningún rastro de vida”.

¿Qué fue lo más difícil que has enfrentado últimamente en tu proceso creativo?
Trabajar con tierras y arenas ha sido un reto alquímico. No solo ha sido volver a los ritmos del laboratorio analógico, sino también una investigación sobre los materiales y sobre dónde pueden confluir eficazmente la materia más primordial con un imaginario para volverse lenguaje.

¿Cuál es tu restaurante favorito y qué nos recomiendas pedir?
Entrevero, en el centro de Coyoacán. Todo es muy rico, pero pidan las empanadas de carne y humita con una copa de tannat.

Si este mes tu vida fuera una película, ¿qué título tendría y quién haría el soundtrack?
Arrival, con música de Cocteau Twins.

Recomiéndanos uno o más artistas que sigas, que te inspiren, y dinos qué es lo que más te gusta de su trabajo o de su forma de trabajar.
Masao Yamamoto, japonés. Lo considero un gran poeta que trasciende la fotografía. Trabaja con lo menos y logra lo más. Sus exposiciones se vuelven santuarios, espacios para religarse espiritualmente.

Marta María Pérez Bravo, cubana viviendo en México. Podría decir que su obra es de un sincretismo religioso atemporal. Trabaja con su cuerpo, cenizas, velas y otros objetos. Cuando veo sus imágenes pienso en la fotografía como un símbolo de naturaleza femenina, una luz que no anula la oscuridad creadora del mundo.