Hay algo curioso sobre las náuseas de regresar a los lugares de donde has huido, los rumbos prohibidos.
Un día te vas a conciencia de que nunca volverás y se vuelve un compromiso inquebrantable que aunque quieras sería imposible olvidar.
Un pacto de ti para ti, por dignidad, por supervivencia, por principios.
Te prometes no volver a respirar esos aires y te despides del polvo de las calles que no volverás a pisar, sin mirar atrás porque lo que dejas ya está impreso al fondo de tu mente.
Se vuelve casi un mandato propio buscar cómo rodear el camino, incluso si es inevitable andar por esa parte corrupta del mapa, algo dentro en las tripas no de permite pasar cerca.
Como si en la brújula de tus adentros se borrara el polo de un lugar a donde en su momento podías volver porque era tuyo y bien o mal siempre sabrías encontrar.
Hoy tu instinto no lo permite, porque aunque la mente sea experta en recordar diferente todo y encontrarle formas menos horribles a las imágenes borrosas de la memoria, tu cuerpo no, tu cuerpo recuerda y te dice como puede que te alejes de ahí.
Te grita a su modo, por si de verdad no te acuerdas, que ese ambiente quedó maldito y ya no hay nada para ti ahí, que no tienes que hacer nada en esos rumbos donde ya no eres bienvenido, si es que en algún momento lo fuiste, que nunca hallarás aquí lo que sea que buscas, pero podrías perder lo que sin buscar encontraste en otros lados.
Tu pecho retumba plegarias y te sudan las manos con una incierta esperanza de ver algo que te apacigüe lo suficiente, aunque tus ojos saben bien que no se atreven.

Aprendiz de todo. Persona andante, ni de aquí ni de allá. Estuche de monerías, tesorera del recuerdo y coleccionista de anhelos.
