Volk XXVII

Tres cartas para una vecina veterinaria, una es inédita hasta para ella

1
Eran los insomnios, las columnas de humo que creaban las mafias rancheras a mitad de la noche, a mitad del día, eran las carreteras inagotables; era ese silencio que se quebraba con tus pasos en el pasillo. Había días de furia, de una furia propensa a la extinción cuando estabas tú, con la mirada triste, acaramelada, nostálgica que denunciaba tu forma de amar, extrañar y ser leal; en tu cautela habitaba esa defensa por un amante extraviado y yo podía saber de inmediato que como tú aman pocas en el mundo; amas tanto que provocas vértigo; la angustia de querer ese amor y saberse inmortal. Cuando caminabas por el desierto, tu quietud teñía el cielo de auroras boreales; llevabas en tu mochila esa parsimonia que te hacía brillante como una esperanza purpura necesaria en jornadas feroces que asumían como propia la devastación, ¿cómo no anhelar la medicina húmeda de tus labios en un infierno tan ruidoso con sus balas a diestra y siniestra imponiendo caos y muerte? ¿Cómo no hacer de ti el más necesario de los delirios cuando los hombres jugamos a ser machos charrotes, pero en realidad somos escuincles temerosos buscando refugio en el corazón de una mujer piadosa que apague el fuego con los suspiros de un amor del bueno? Yo traduje el lenguaje de tu distancia como un carácter ajeno a la guerra y solidario con el dolor; tantas veces te vi tan hermosa con esa cautela de musa durmiente que ahuyentaba la desolación por los amigos desaparecidos en las profundidades de la tierra y que nos dejan pensando si renacerán algún día en flores menos trágicas. Soñé alguna vez que acariciaba tu cabello; aquel tacto con lo divino me hacía recuperar al joven guerrero que vivió en mí y derrotó en 2007 a catorce vampiros en una prolongada noche de julio en Barrow, Alaska. Contigo soñaba miles de universos posibles, ciertamente. ¿Cuántas veces hermosa? ¿Cuántas veces triste? ¿Cuántas veces siendo Anna cardióloga de hombres con venas llenas cianuro, por besos envenenados de amantes previas? Y aunque el aire de aquellos días lejanos siempre olía a pólvora, yo elegiré para mi memoria el perfume insurgente, legible, fugaz de mujer madura de Anna, las fragancias de Anna irrumpiendo la vigilia y la madrugada como un reino de aromas que prometía la resurrección del alma en el centro de un cementerio de escarcha terrosa, palpable en su tragedia, donde crece la rosa del cactus, recordando, que aún en cualquier remota batalla de sicarios sin tregua, el amor es posible como aliento diario y rebelión.

2
«Son un túnel endrino, paisaje de saudade: tus ojos en los que flota una nostalgia críptica, gravita en puntos suspensivos esa nostalgia de tus ojos, invitan a rasgar un pedazo de cielo para entregártelo y así regrese la paz y el sosiego a tu rostro: espejo de ónice. Eres fuerza y sensatez: Anna; un lobo vagabundo puede refugiarse de la tormenta bajo el arrullo de tu silencio, enigma poderoso en el centro del desierto. ¿Quién puede dudar de tu fuerza de combate? Espectros de marfil han sucumbido con el sonido de tus pasos, tempestivos, furiosos, de reina en perpetua coronación. En la llanura de tu piel morena habita el sendero a la resurrección, guerreros de piedra que han metamorfoseado en soldados de carne y hueso para levantar el estandarte del honor y el orgullo.
«Eres el fénix de una noche ígnea abrasando el caos de la tierra baldía. En tus labios nace el responso del mañana. Gracias por ser Anna, gracias por ser aroma a frutas en el amanecer imperecedero de los soles primigenios derritiendo el sabor amargo de la pérdida y el azoro. Gracias por las horas compartidas contra el insomnio reptante del dolor. Gracias por tu rostro de perfil de jade haciendo ruptura al tedio de la vida misma, que se repite tanto hasta que llega la ondulada marea de tus cabellos esparciendo el asombro, como un vaivén viviente que permite el nacimiento de mundos con mil quinientas lunas que impiden la oscuridad como miedo ancestral. Gracias Anna por tu bondad sigilosa, perla oculta en la profundidad del mar Pacífico, que sólo el verdadero amor la alcance»

3
En los últimos días de mayo tuve una visita especial en uno de mis sueños: mi abuela, quien convivio conmigo y fui muy feliz en ese breve lapso de sueño. Se despidió de mi con una sonrisa y me dijo algo que me estremeció: algo que no entendí en ese momento; con toda ternura y mesura, me susurró una despedida, que se volvía a ir tranquila de mí porque había una veterinaria que iba a cuidar muy bien de mí. En los días de aquel sueño yo andaba distraído con varios asuntos. Cuando desperté me quedé con ganas de preguntarle más a mi abuela sobre su sentencia. Algo era claro; la única veterinaria que tenía cerca, eras tú. Semanas después, el sueño de mi abuela se convirtió en una mitología certera y vivencial. Sin que yo controlara el evento, mi padre fue a verme a Tecamachalco. Mi abuela nunca quiso a mi padre y su anhelo fue que yo nunca me fuera machista como él. En esa visita que hizo mi padre, tú estabas ahí para salvarme del colapso emocional más intenso de los últimos años. Sí, mi abuela cumplió su afirmación desde el cielo.
Siempre he creído en la fuerza de los pequeños detalles; tú me escuchaste aquella vez y me diste palabras de aliento que tuvieron fueron el más acogedor de los refugios.
No sólo está esa anécdota. Desde que nos presentaron fuiste alguien a quien quería conocer y fue dichoso avanzar morosamente en ello. Tenías una mirada triste y profunda; tan similar a la mía. Yo percibí tu dolor por algún evento reciente; todos sufren, pero no todos lo hacen de la misma manera; sentí ese palpitar en mi pecho de que sufrías por razones similares a las mías y traté de ser solidario, aunque te mostrabas distante; había miedo en tu semblante, quizá aun lo hay, eso me acongoja, porque tú eres fuerte, hay un fuego en tus ojos esperando abrasar el mundo. Admiré ese coraje dormido que vive en ti; luego llegó tu sonrisa tímida, tus prolongados silencios, tus pasos tempestuosos rompiendo el sosiego de la madrugada; el olor de tu champú inundando el pasillo; fueron llegando como un fresco rocío: tu gusto por los gatos, tu voz, arrullo pacificador en medios del caos tempestivo de la lluvia de balas de Tecamachalco. Ante demasiado resplandor, ¿cómo evitar sentir cariño por ti?, ¿cómo no quererte y hacerte entrañable? Eres una mujer tenaz, sensata en tus consejos y fuerte en la adversidad.
Disculpa mis torpezas, mis necedades: no siempre encontré los mejores caminos para comunicarme contigo; privilegié el respeto a tu espacio y a tu tiempo. Te quiero y no pretendo hacerte cualquier tipo de mal o causarte incomodidad.
Es así como despido.
Conserva de favor la llave que abre las puertas de mi corazón. Guiño, guiño.

Fotografía: John Kilar | Instagram

close

¡Suscríbete a nuestro newsletter!

Recibe en tu correo una selección del contenido semanal, invitaciones, convocatorias, noticias, descuentos y promociones.

Sección: Inside

Fernando Percino es mexicano y nació en algún momento de los años ochenta; además es licenciado en Administración Pública por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha publicado cuentos en el suplemento cultural "Catedral" del diario "Síntesis", la novela "Velvet Cabaret" (2015), el libro de cuentos "Lucina" (2016), el libro de crónicas "Diarios de Teca" (2016)y actualmente escribe el libro de notas "Volk" en ERRR Magazine. Fue miembro del consejo editorial de las revistas: "Chido BUAP" y "Vanguardia: Todas las expresiones". Ha trabajado como funcionario público en la Administración Pública Estatal y Federal y se desempeñó en diversos puestos, por más de 7 años, en el ramo de las microfinanzas.