Visita nocturna

Escuché que tocaban la ventana. Insistían mucho. El principio me asusté un poco, porque mi cuarto era el del segundo piso y no había cómo sostenerse de la ventana. Era Olivia. Al principio me espanté. Estaba volando. Me hizo señas para que le abriera, pero no quise. Entonces ella hizo algo con la mano y abrió solita la ventana. Estaba en calzones y me temblaban las nalgas del puro miedo.

—¿Por qué no me abriste?

—¿Qué haces? ¡Por qué estabas volando! Voy por mis padres.

—No vas a ningún lado.

Y no fui. No sé por qué, pero no me podía mover. Era como si estuviera todo tullido del cuerpo. Traté y traté, oficial, pero no pude levantarme. Luego se me acercó y me dijo que no me iba a hacer nada, sólo venía a hacer un trato conmigo y así fue. Sí, oficial. Llevo haciendo esto por más de doce años.

No, oficial. Yo la conocí por su padre. Ella vivía en una cabaña a las afueras de Baltazar. Sí, allá lejos. Su madre se murió cuando ella vino al mundo y su otra hermana, la Lucinda, se le escapó al padre cuando tuvo la edad para eso. De ahí en parte, yo sólo conocía a Olivia porque luego mi padre se ponía a beber con el suyo y a mí me llevaba para jugar con ella. Estábamos pequeños entones.

—¿A dónde fuiste? La gente te anda buscando. Encontraron a tu padre muerto. La policía quiere hablar contigo. Intentaron dar con tu hermana para dar la noticia, pero tampoco dieron con ella.

—Necesito que me ayudes a hacer algo.

Que qué cosa quería, bueno.

—¿Qué quiere? ¿Vas a explicarme lo de la ventana? —le dije.

—¿Recuerdas cuando de niños encontramos a la cabra muerta?

—Sí. Nos asustamos y corrimos a decirle a mi padre. Luego regresamos y la cabra ya no estaba, pero encontramos un cabrito pequeño que tu papá agarró para criarlo, según para luego venderla.

—Me habló. Habló conmigo.

—¿La cabra?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

—Esa noche mi papá me mandó a traerla. La iba a matar para venderla. Ya estaba grande. Yo la quería mucho y no quería matarla.

—¿La mataron?

—No. La dejé que se fuera al bosque. Mi papá me pegó en las nalgas, me encueró toda y luego me sacó de la casa para que aprendiera la lección.

—Con razón está muerto.

—A la media noche apareció una señora frente a la casa.

—¿Señora?

—Sí. Era flaca y usaba vestido negro. Me agarró durmiendo, me asusté de verla. Ella me dijo que no tuviera miedo, que todo estaba bien. Sabes. Le creí. Cuando ella me tocó, se me quitó el frio. Luego la puerta se abrió. Ella me ayudó a levantarme y me dijo que entrara, que me estaba esperando.

—¿Quién?

—La cabra.

—¿La cabra?

—Sí.

Ella me dijo que la cabra. No miento. Entró a la casa; no había electricidad, estaba todo oscuro; caminó hacia la habitación de su padre para decirle lo que estaba pasando y no lo encontró. Buscó por toda la cabaña, y nada. Luego volvió a la habitación de su padre y encontró a la cabra acostada en la cama.

—“Adelante”, me dijo. “No temas. Soy tu amigo.”

—¿Un amigo?

—Así me dijo. Luego me invitó a sentarme en la cama, que para que lo escuchara mejor.

“—Tu padre te ha tratado muy mal, pero ya no tienes que preocuparte por él. Ya nos hemos encargado.

“—¿Cómo que encargado de él? ¿En dónde está?

“—Mi niña. Te ves tan tierna cuando te asustas, pero no tengas miedo. No te haré nada.

“—¿Qué quieres de mí?

“—Quiero que seas libre. Eso quiero.

“—¿Libre? ¿Libre de qué?

“—Libre de ir a jugar con mis hijas al bosque. Sí. Allá en donde me encontraste ese día. Quiero que te unas con todas mis hijas y seas libre. Quiero que disfrutes la vida. Mira esos pechos, alguien tiene que probarlos.”

Ella me dijo que estaba asustada. “Me oriné en la cama”, me dijo “y él dijo que mi orina olía muy rico.” ¿Qué tenía que ver todo eso con que apareciera de la nada en mi ventana?

Creí que sufría al contarme todo eso, pero no era así. Su rostro… Estaba excitada. Que qué pasó después. Me dijo que ella salió corriendo de la cabaña gritando que no iría con él, que no iría. La cabra corrió tras ella, relinchando como caballo, no tenía sentido. La extraña mujer la vio salir y no hizo nada para detenerla. Olivia en verdad estaba asustada. Me dijo que la cabra logró alcanzarla, naturalmente; la envistió; con sus cuernos, rasgó sus ropas; la arrastró por todo el lugar; abrió su enorme hocico y le mordió un seno. Sí, claro que creo que todo eso fue verdad. Ella se descubrió los pechos y me los enseñó. En verdad el izquierdo tenía la mordida del animal.

No, en ningún momento me excité. Estaba atónito por la gravedad del asunto. Que qué pasó después, bueno. Ella me dijo que la cabra la violó, no sé si eso sea posible, pero le pasó. Ella quedó allí inerte, como muerta. Luego vino esa extraña mujer de la que me habló y dijo que se la llevó al bosque, allá a donde encontramos a la cabra y ya no quiso decirme más.

Que si intenté volver a aquel sitio. No, claro que no. Yo sólo acepté el trato para que ella pudiera dejarme en paz. ¿El trato? Ah, sí, oficial. Confieso que fui yo quien secuestró a todos esos niños. Claro, no los encontrarán, ella ya los habrá matado o no sé qué hagan con ellos allá en donde estén. No, por supuesto que no sé en dónde se esconden. Ella aparece en mi casa y yo le entrego al niño. Punto.

Claro que le temo a la muerte oficial, estoy asustado. Tengo miedo de morir, pero es que usted no sabe lo que es no poder dormir por las noches sabiendo que una mujer puede aparecer en cualquier momento sobre tu cuerpo con cuchillo en tu garganta si no le entregas lo que quiere.

Alfredo Sánchez

Alfredo Sánchez. 1997. Ha publicado poesía, cuentos y ensayos en diversas revistas electrónicas, como Nomastique (México), e impresas, como Revista Falsa (Chile). Actualmente forma parte del equipo editorial de Revista Tlacuache en donde funge de dictaminador.

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