Casa vacía

El cigarro cayó lentamente al suelo. Ella no hizo el intento de levantarlo, sólo siguió revisando toda la casa para ver si no faltaba nada.

Los noticieros habían previsto desde hacía varios días el confinamiento obligatorio de todo el país a causa de una extraña enfermedad que asolaba a Baltazar, a todo San Fernando. Olivia  no creyó en nada de eso, pero dedicó la mayor parte de su tiempo a revisar las provisiones que había en casa.

Toda la tarde de aquel martes, estuvo llamando a amigos, colegas del trabajo y a sus colaboradores del periódico, para avisarles que había escuchado la nota y que no pretendía ir a trabajar en los próximos días.

—Sería una buena oportunidad para regresar a casa, con tus padres, ¿no lo crees?

—No, mi niña —le respondió a su amiga—. Aquí lo tengo todo en la ciudad. ¿Qué voy a andar regresando a la casa de mis padres. Allá en ese pueblo sólo hay tierra y, por la noche, aúllan los lobos.

—Aquí todo el día se escucha el ruido de los carros y, por las noches, las fiestas de los vecinos no dejan dormir. Un poco de calma no te caería mal —la llamada se cortó.

Un poco de calma del trabajo, de toda la gente que veía a diario; de esa gente quería descansar, incluso de su amiga, que ahora la regañaba como solía hacerlo su madre cuando ella vivía con ellos.

—Ay, mija. Ya va siendo hora de que limpies la casa, no crees —le decía su madre.

—Mija. Si te portas bien, pa’ tu cumpleaños te compro pastel y invitamos a tus amigos. Pero ayúdale a tu madre con sus cosas en la casa y has tu tarea de la escuela, que si quieres salir de pobre, vas a tener que estudiar —le decía el padre.

Los días en el pueblo eran calurosos. Todos los vecinos se fastidiaban entre ellos. Olivia nunca pudo entender a la gente del pueblo.

—Conseguí un trabajo en la ciudad, pa’.

—¿La ciuda’? ¿Nos vas a dejar? ¿Ya la escuchaste, Julia?

—Sí. Sería bueno para ella que se fuera. Tienes que probar cosas nuevas, hija.

No fue fácil. Al principio tuvo que trabajar de mesera en un club nocturno. Allí conoció a Nina, su mejor amiga. La vida en la ciudad era más complicada de lo que hubiera imaginado.

—Al parecer no falta nada. Las latas están bien acomodadas. Dos cartones de leche. Me durarán fácil las dos semanas de confinamiento… No me falta nada.

Después de revisar la despensa, se puso a limpiar la casa.

—Sabes que tu pa’ te quiere, mi niña. Te trata así, porque no quiere que su mija sea una nada. Tienes que hacer algo más con tu vida.

—Mija. Venga a saludar a su padre. Bien. Buena chamaca.

—Oye, la doña Chencha me dijo que si no quieres conocer a su hijo. Ta’ guapo.

En el club conoció a César, un ingeniero que trabajó en la construcción del hotel Latino, uno de los edificios que, tres años después, sería uno de los más visitados por italianos allá en Baltazar. Allí, Olivia conoció el amor o, al menos, un pedazo de él.

Todas las historias de San Fernando tenían una historia de amor más o menos loables, pero la de Olivia no podía ni escribirse en un cuento, no. Las historias de amor de toda Baltazar estaban reservadas para las mujeres más felices, para ella no. A ella sólo le quedaba la inminente y prologada soledad en una casa vieja en el encierro.

—¿Cómo te va con tus padres?

—No me fui. Estoy en mi casa.

—¿Estás sola? Ay, hubiera preferido que estuvieras con ellos. No me gusta pensar que estarás sola en casa. Oye, espera…

—¿Estás con César?

—Sí.

—Te dejo. Tengo que arreglar unas cosas en la casa —colgó el teléfono.

¿Sus padres? Los noticieros avisaron del inevitable confinamiento de toda la población. Ella se alarmó de lo rápido que había sucedido. En todo el país se había adelantado el toque de queda, las alarmas sonaron por todas las calles y comenzó a llover en toda Baltazar.

Olivia estaba acostada, tenía un cigarrillo encendido en la boca y una fotografía en las manos. Era ella y sus padres afuera de la iglesia. La fotografía era de cuando ella cumplió nueve años y sus padres le hicieron una fiesta en la casa. No tuvieron dinero suficiente para hacerle una fiesta en donde hubiera invitados, pero al menos a su padre le alcanzó para comprar un pastel.

Se levantó de la cama, dejó caer el cigarrillo de su boca y arrojó la fotografía al suelo, antes de abrazarse y tirarse al suelo.

En la casa sí faltaba algo.

Alfredo Sánchez

Alfredo Sánchez. 1997. Ha publicado poesía, cuentos y ensayos en diversas revistas electrónicas, como Nomastique (México), e impresas, como Revista Falsa (Chile). Actualmente forma parte del equipo editorial de Revista Tlacuache en donde funge de dictaminador.

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