Sombras que iluminan la calle

Una de esas noches en que piensas que no quieres más, que no quieres saber de nadie más, la vida te juega una broma y te dice que no puedes rendirte, así que te lanza al vacío con la herida todavía abierta y continúas la historia.

Ya sin expectativas, encuentras a aquel chico que te sigue visitando en sueños, ya sin máscara y real, más demonio que ángel, ejemplo claro de que la vida tiene más disyuntivas  de lo que pensaste. Porque nada es blanco o negro, bueno o malo, hay que sumergirse hasta la raíz para ver la complejidad de las personas, sus finas capas que te van encantando y disgustando.

Así un día sales a caminar con aquel chico y encuentran una exposición de cine llamada “Una noche de Paris en Puebla”, distintos personajes de películas de todos los géneros posibles te cuentan una historia. Héroes, villanos, protagonistas y antagonistas, psicópatas y adorables animaciones, van narrando la historia de una pequeña que al crecer se pierde a sí misma. Pero mientras avanza la historia, quienes comienzan la narración son aquellos que en las películas son considerados los buenos, y te das cuenta que llegado el final de ese cadáver exquisito los malvados van narrando un desenlace lleno de bondad.

Entonces te sorprendes que aquellos personajes oscuros sean quienes relaten la parte pacífica, de alegría y de sueños cumplidos, cuando al inicio la niña parecía la heroína, en realidad era la malvada, y cuando el sujeto perdido en adicciones parecía el malvado, se convierte en realidad en un hombre de bien.

Al final, sabes que es una gran composición cinematográfica que solo se te hubiera ocurrido bajo los efectos siempre grandiosos de la pernoctación. Pero ese chico sigue ahí, te toma la mano y emocionada le dices que tienen que ver esa película, él acepta.

Todavía no sabes si te refieres a la película que estás apunto de dirigir porque te convertirás en una maestra en la dirección del séptimo arte, o si es la película que ambos están a punto de escribir.

De cualquier forma ese chico te hace caer una y otra vez, pero en esas desilusiones descubres el placer de la realidad y de soñar alto aunque caigas, porque el valor de vivir reside en esas caídas. Te sabe a gloria cuando te levantas por ti misma, pero te sabe mejor cuando está él para saborear piel con piel, para conectar mente con mente.

Fotografía: Clothilde Pasquier

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