Salón Apache

¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Salón Apache nace de querer compartir lo mexicano bien hecho. Queríamos una cantina que honrara la tradición, pero desde el presente.

La barra siempre fue el centro. Somos la única cantina, y probablemente el único espacio así, con una curaduría 100% de destilados mexicanos blancos.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
El espacio fluye. Está pensado para servir bien y verse bien. Cuando le pregunté al equipo, todos coincidieron en algo: el momento de la apertura. Preparar las estaciones, hacer briefing, ajustar detalles antes de abrir puertas. Es esa energía contenida antes de que empiece el movimiento.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Un agua de rancho de bacanora, el tiradito de callo de hacha, los tacos de lengua dorados en manteca de res y la carne con chile con tortillas de harina recién hechas.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
No se habla mucho del esfuerzo detrás de abrir un lugar. El proceso para llegar a ese momento fue el mayor desafío: retrasos de construcción, temas de mano de obra, decisiones que parecían no tener fin. Hubo momentos en los que dudamos si debía existir. Pero justo ese proceso nos dejó claro cuánto queríamos que pasara. Hoy lo disfrutamos distinto porque sabemos lo que costó.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
Calidad ante todo. En el producto, en el servicio, la experiencia y calidad de vida para el equipo. También en cómo trabajamos. Preferimos cerrar el día satisfechos por el esfuerzo y no solo por el resultado económico. Si el equipo está bien, el espacio se siente bien y, cuando eso pasa, el cliente también lo percibe.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Nos inspira mucho nuestro propio equipo. Cada quien vive cosas distintas fuera del restaurante, pero todos llegan con disposición y actitud. Esa constancia cotidiana, ese compromiso silencioso, es una inspiración real.

Para este proyecto, la referencia ha sido muy cercana: El Pelón Villa en el mercado municipal de Hermosillo; Mariscos El Warana, cerca del aeropuerto; las cantinas clásicas de la CDMX; y la comida casera tradicional sonorense de mi mamá. Son lugares y sabores que forman parte de nuestra memoria y de la manera en que entendemos México desde el noroeste.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
A El Gallo Altanero. Haríamos un diálogo entre barras: destilados blancos, técnica y territorio desde dos regiones distintas.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
El sombrero vaquero del abuelo que está en la repisa de la barra. Tiene casi cien años y un hoyo de bala. Literalmente, la libró.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
El disco Acid de Ray Barreto. Tiene ritmo, carácter y una energía cruda pero elegante al mismo tiempo. Un clásico que siempre se siente vivo.

Respuestas por Fernanda Navarro, co-fundadora y directora creativa de Salón Apache