Réquiem para Kio

Imagínese cualquier costa del mar.

Ella se sentó sobre una roca para contemplar el amanecer. Tres días hizo lo mismo.

A sus espaldas vivía un viejo. Su nombre era Han, y todos los días su mayordomo le preparaba comidas exóticas.

Han estaba harto de la vida. Nada lo satisfizo ya. Su boca había probado ya todas las comidas del mundo. En cierta forma, si lo había comido todo, no quería vivir más.

La mañana que ella contempló el amanecer fue la misma que él se sentó en su balcón  y la observó. Sacó su pipa del estuche y se puso a fumar.

-Lo único que puede tranquilizarme es mirar el mar. Ya nada me hace querer vivir -dijo el viejo, a propósito para que ella lo escuchara.

Kio, la sirena, lo escuchó y sintió pena por él, así que se arrojó al mar y buscó algo que pudiera contentar al viejo.

Lo que ella no supo fue que el viejo lo había visto, y eso no está permitido. Ser vista por un humano hacía que las sirenas perdieran el don de hipnotizar con su canto, pero eso no lo supo sino hasta tiempo después.

Han mandó llamar a su mayordomo.

-Alfredo, prepárame una trampa para pescar -le ordenó-. ¡Y que sea enorme!

Así lo hizo. La colocaron cerca de donde Kio se sentaba a contemplar el amanecer.

Mientras tanto, la sirena buscaba en las profundidades del mar algo para dárselo al anciano y estuviera contento. Lo encontró: un collar de diamantes que encontró en un barco hundido.

Nosotros no diremos cómo la atrapó el anciano, ni cómo hizo para meterla a su casa. Eso hágalo usted. Nosotros nos limitaremos a decirle que no la mató enseguida. En vez de eso, la ató: los brazos detrás de la espalda, dos cuerdas entre los pechos, cabeza pegada a la pared y una pesada cadena alrededor de su aleta caudal atorada a un gancho que estaba clavado en la pared, a dos metros del suelo.

Han estaba bebiendo cerveza cuando ella se despertó. Se acercó a Kio y le arrojó una cubeta llena de agua para que no muriera.

Entonces, volvió a la mesa, se sentó y se dedicó a mirarla.

Terminó su cena y se acercó a ella con la pipa en la mano y se hincó.

-Tal vez si… -pensó, tocando las nalgas de la sirena-; no. Mejor -dijo, acercando la nariz al orificio anal de Kio-; no.

Comenzó a babear el anciano. Ya antes había probado pescado, mas nunca sirena. Paseó su lengua sobre la aleta de ella.

Kio estaba asustada. Por más que trató, no logró zafarse de las ataduras. Incluso abrió la boca para cantar, pero había perdido eso. Más que una melodía, lo que salió de su boca fue un chillido similar al que hacen las ratas cuando arden en el fuego.

El anciano metió su pipa en el orificio de la criatura. Imagínense la risa del viejo cuando la penetró.

Entonces abrió la boca y comenzó a comérsela, así como se suele comer un pescado: vivo, fresco, al natural.

Fotografía por Cleo Thomasson

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Sección: Narrativa

H. L. J. Ángel (1997). Ha publicado poesía, cuentos y ensayos en diversas revistas electrónicas como Nomastique (México) e impresas como Revista Falsa (Chile) bajo distintos heterónimos. Actualmente forma parte del equipo editorial de Revista Tlacuache como dictaminador. Web: https://angelhernandezlopez.wordpress.com/

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