Reina de bastos

Hay un amor del que no se habla, del que nadie nombra porque nadie sabe que existe. Ese amor de un rato que es brutalmente honesto más que muchos parasiempre.

Y es que a orillas de su mar, nunca nadie le ha querido como yo, libre y sin prejuicios. Tal vez por eso no sea suficiente. Nadie sabe cuántas veces anhelé ahogarme en las profundidades de ese mar embravecido para evanescer después de la última ola. Fue en vano, al final siempre retornaba la calma. A veces el sol nos despertaba y nos acomodaba en nuestro sitio y a veces, con un poquito de tiempo hacíamos café y con otro poquito, rehacíamos la tempestad.

Por breves instantes, a mí me daba por intentar explicarle que el amor nunca es otra persona, es la complicidad que se siente con la otra persona. Y que ojalá lo haya explicado bien, y que ojalá no se nos olvide nunca. 

Y que, ¡qué más da!

Y hoy sólo confío en que el tiempo haga su parte y un día al voltear al pasado, reconozcamos que la felicidad siempre es pasajera y nosotros logramos ser felices muchas veces, con toda esa entrega que se dieron los que entendieron que tal vez mañana no había sol, ni café, ni tempestad juntos.

Con toda esa entrega que se dieron los que saben que lo único que van a quedarse, es el instante en que la ola los rompía juntos.

Fotografía por Jérôme Simard